En medio de la atención internacional que genera la Copa del Mundo, la Ciudad de México exhibió por más de dos semanas el cuadro dantesco de un escenario marcado por episodios de caos y hechos de violencia urbana; un gobierno secuestrado por la CNTE y las promesas presidenciales.

Mientras millones de aficionados y medios globales acusaron recibo de la ingobernabilidad y las imágenes del descontento social que se ha manifestado envolviendo a la ciudadanía en un torbellino de conflictos sociales y políticos que no han podido resolver, el gobierno mexicano hace esfuerzos titánicos por matizar la crisis reputacional que tizna la cacareada transformación.

El escaparate de este Mundial y las inconformidades que forman parte de la realidad cotidiana de millones de mexicanos muestran el contraste entre la imagen de celebración y proyección internacional y el cúmulo de tensiones que atraviesa transversalmente a la administración de Sheinbaum, impactando también a la de Brugada en la CDMX.

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Un concierto de impunidad y desorden y nula estrategia para combinar los tres ejes fundamentales para enfrentar una crisis como la actual en la que movimientos sociales aprovecharon la vitrina internacional; garantizar el derecho a la protesta sin minar los derechos de terceros, lo cual requiere de un equilibrio fundamental, planificación y una hoja de ruta estratégica. En paralelo, asegurar la operación del evento y construir una narrativa basada en hechos y no propaganda. Para sorpresa de nadie el resultado de la imagen de este México es el reflejo de un gobierno desorientado, desordenado, caótico y enmarcado por la corrupción e impunidad.

Una estampa que pinta de cuerpo entero no sólo la anarquía doméstica sino la peligrosa tensión bilateral donde el gobierno estadounidense ya enfila sus baterías para apretar a Sheinbaum en los flancos narcopolíticos.

En este contexto de fiesta mundialista y en medio de las mesas formales de revisión del T-MEC, el reciente discurso de Trump proyecta una relación con Sheinbaum cada vez más ríspida. Las amenazas comerciales y la retórica de mano dura —que muchos subestiman como un lugar común discursivo— sugiere que la paciencia de Washington llegó a su límite.

Hay una estrategia estadounidense detrás de esa política del miedo, entendida como el uso sistemático de sentimientos de vulnerabilidad para consolidar poder, influencia y consolidar la narrativa contra la narcotransformación que se hunde en el fango del descrédito.

La decisión de la Presidenta de evitar una aparición en la inauguración de la Copa del Mundo en el estadio Ciudad de México fue interpretado como su estrategia para evitar el riesgo de un abucheo público que derrumbe el relato de una masiva aprobación ciudadana. La gestión de la imagen y la prevención de costos reputacionales hoy ocupan un lugar central en la toma de decisiones del Palacio.

El aumento de la crítica es actualmente un foco rojo de perder legitimidad doméstica ante la opinión pública.

Sin embargo, el mayor impacto aún está por venir. Más allá del caos urbano, de la escalada de violencia nacional, las protestas sociales y las tensiones derivadas de la Copa del Mundo, el golpe de cruzar el Rubicón en la relación con la Casa Blanca es el clima de la escalada hostilidad diplomática militar en esta etapa de fuertes desencuentros.

Y el pronóstico es aún muy reservado.

@GomezZalce

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