Las ausencias ocupan espacio. Ocupan una silla vacía durante la cena. Ocupan una habitación que nadie se atreve a modificar. Ocupan conversaciones familiares que terminan siempre en el mismo nombre. Ocupan cumpleaños, graduaciones, bodas, funerales y días comunes vacíos. Ocupan años completos de la vida de quienes esperan y buscan. Las familias de las personas desaparecidas conocen mejor que nadie el peso de una ausencia porque han aprendido a convivir con ella todos los días.
Intento imaginar la dimensión de esa realidad y siempre termino en la misma imagen de desolación. Cuando se inaugure la Copa Mundial de Futbol de 2026 en la Ciudad de México, el Estadio Azteca volverá a ser el centro de la atención mundial. Cerca de 83 mil personas ocuparán sus asientos para presenciar un momento histórico. Sin embargo, si cada una de esas butacas estuviera reservada para una persona desaparecida en México, todavía faltarían decenas de miles de lugares para representar a quienes no se sabe su paradero. Hoy el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas supera las 133 mil desaparecidas. Más de la mitad de esos casos se han registrado durante los años recientes. Un Azteca lleno no basta para contener la dimensión de esta tragedia y el dolor entrañable de quienes lo sufren.
Por eso pienso menos en las cifras y más en las familias. Pienso en quienes llevan años recorriendo fiscalías, revisando expedientes, organizando búsquedas y aprendiendo procedimientos legales y forenses, que nunca debieron formar parte de su vida cotidiana de mexicanas y mexicanos comunes. Pienso en los padres que recorren kilómetros de caminos de terracería con la esperanza de encontrar un indicio. Pienso en las madres que conocen mejor los detalles de una carpeta de investigación que quienes tienen la obligación de integrarla. Pienso en hermanos, hijos y esposas que reorganizaron su existencia alrededor de una pregunta que sigue sin respuesta: ¿dónde están?
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La fuerza pública que han adquirido las familias de las personas desaparecidas proviene precisamente del coraje y del amor. Durante más de una década han construido una legitimidad difícil de cuestionar. La han construido a partir de la búsqueda incansable. Han ocupado plazas públicas, auditorios, universidades, congresos y oficinas gubernamentales y, por desgracia, han ocupado la tierra convertida en cementerios clandestinos. Han impulsado reformas legales, instituciones especializadas de atención, protección y reparación, así como mecanismos de búsqueda hasta el momento inútiles. Han conseguido que la desaparición de personas ocupe un lugar central en la conversación nacional porque se negaron a permitir que sus seres queridos quedaran reducidos a una estadística.
La historia reciente de México cambió en marzo de 2011. El asesinato de Juan Francisco Sicilia y seis personas más en Temixco, Morelos, llevó a Javier Sicilia a convocar a un movimiento que transformó la forma en que las víctimas se relacionaban con el espacio público. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y los colectivos que surgieron de su historia han permitido escuchar historias que durante años habían permanecido confinadas al ámbito privado. Familias completas comenzaron a compartir testimonios de desaparición, asesinato, desplazamiento y violencia. La antropóloga Elena Azaola describió aquel momento como la conformación de una comunidad de víctimas que encontró una voz colectiva para exigir verdad y justicia. Quince años después, por desgracia para el país, pero por la gracia de la causa, esa voz, ha crecido, se ha multiplicado y sigue presente.
También por eso sus manifestaciones poseen una fuerza singular. Sus marchas suelen estar llenas de fotografías. Los nombres se leen uno por uno. Las veladoras iluminan plazas públicas. Las fichas de búsqueda cubren muros y monumentos. Cada rostro recuerda una historia truncada. Cada fotografía recuerda que alguien sigue perdido y alguien lo está buscando y esperando. La potencia de estas movilizaciones descansa en la memoria y en la convicción de que ninguna desaparición debe convertirse en una ausencia anónima.
La atención internacional que acompañará al Mundial vuelve especialmente relevante esa presencia pública. Los grandes eventos deportivos atraen periodistas, organismos internacionales y millones de espectadores. También ofrecen una oportunidad excepcional para colocar en la conversación global asuntos que permanecen pendientes. Las familias de las personas desaparecidas comprenden el valor de ese momento. Después de años de búsqueda saben que la atención pública ayuda a amplificar una exigencia que lleva demasiado tiempo esperando respuesta. La desaparición de personas forma parte de una conversación internacional sobre derechos humanos, impunidad, redes macrocriminales, corrupción, desapariciones forzadas por parte de autoridades y fuerzas armadas, negación de justicia e identificación forense. Cada espacio ganado en esa conversación fortalece la capacidad de las familias para demandar resultados.
En ese contexto cobra especial relevancia el foro que se realizará el próximo 17 de junio, de 10:00 a 15:00 horas, en el Senado de la República, dedicado a los padres de las personas desaparecidas. La fecha resulta profundamente significativa. Apenas unos días antes del Día del Padre, hombres que han dedicado años a buscar a sus hijos e hijas y seres queridos compartirán su experiencia en uno de los espacios más importantes de representación pública del país. La conversación nacional ha reconocido con justicia el liderazgo de las madres buscadoras. Este encuentro permitirá escuchar también a quienes han sostenido búsquedas, acompañado investigaciones, organizado colectivos y mantenido vivas las esperanzas de sus familias desde la paternidad.
Sin embargo, hablar de los padres buscadores implica hablar de algo mucho más amplio. En ellos también están representados los hijos que buscan a sus padres, las esposas que siguen esperando a sus compañeros de vida, los hermanos que se resisten a abandonar una búsqueda y las familias enteras que aprendieron a vivir alrededor de una ausencia. Cada persona desaparecida deja una silla vacía en una casa. Más de 133 mil personas desaparecidas significan millones de familiares afectados por la incertidumbre y la espera.
Mientras México se prepara para recibir nuevamente los reflectores internacionales, las familias de las personas desaparecidas volverán a hacer lo que han hecho durante los últimos quince años: buscar, nombrar y recordar. Quizá entonces convenga regresar a la imagen inicial. Cuando se inaugure el Mundial de 2026, ni siquiera un Estadio Azteca lleno alcanzará para representar a todas las personas desaparecidas en México. Harían falta decenas de miles de lugares más. Y detrás de cada uno de ellos habrá una familia que sigue esperando ver aparecer y abrazar a su ser querido en las condiciones que la vida y la esperanza les ofrezca.
@MaiteAzuela
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