Las elecciones celebradas en Bolivia el pasado domingo 17, en las que el Movimiento al Socialismo (MAS) fue borrado del mapa por los ciudadanos, es un acontecimiento que envía señales a nuestro país.

Primero, porque el régimen político, social y económico que implantó Evo Morales cuando asumió el poder en 2006, se elogió como modelo a seguir en Latinoamérica: estatización de las actividades económicas estratégicas, programas sociales expansivos sin respaldo en ingresos fiscales, demagogia y mentira como doctrina de Estado y concentración de poder en el liderazgo autocrático.

Segundo, porque importantes miembros del MAS han establecido su residencia en nuestro país y son influyentes consejeros de las tribus que nos gobiernan, incluso son activistas del partido oficial.

Baste recordar que López Obrador, en 2019, le procuró a Evo Morales un generoso refugio cuando se torció su liderazgo. Mediante rocambolesca operación de la Fuerza Aérea Mexicana, lo puso a salvo de la vendetta de los clanes rivales bolivianos.

La destrucción del Poder Judicial en México, para someterlo al control del grupo en el poder y a sus aliados non sancti, tiene impronta masista. Fue el gobierno de Evo Morales el que puso la muestra para que la impartición de justicia fuera “popular”, nombrando ministros, magistrados y jueces a través de elecciones.

En esto el morenismo superó al prototipo boliviano; aquí no hubo un proceso decente, fue grotesca simulación. Un costoso concierto de acordeones ejecutado por comisarios de secciones electorales, con poder para humillar a los ciudadanos, cruel con personas de la tercera edad, obligándolas, bajo la amenaza de perder los apoyos sociales, a concurrir a los centros de votación, desairados por el 87 de los ciudadanos. Es razonable deducir que el abstencionismo fue mayor.

Dada la influencia y atractivo que ejerce el socialismo boliviano entre los ideólogos cuatroteístas, la monumental derrota del MAS no es un hecho trivial; no sólo para ellos, sino para todos los interesados en el futuro de México.

¿Qué sucedió en Bolivia? Los partidos de oposición de centro derecha, antípodas de todo lo que hizo Evo y sus secuaces en las tierras de Túpac Katari y Sucre, sumaron el 80 por ciento del apoyo popular en la primera vuelta.

Más allá del candidato que triunfe el 19 de octubre en la segunda ronda, entre los dos más votados: Rodrigo Paz (Partido Demócrata Cristiano) 32.08 por ciento de los sufragios y Jorge “Tuto” Quiroga (Alianza Libre) 26.94 por ciento; lo único cierto es que el MAS ya fue expulsado del gobierno.

Repudiado, porque la demagogia populista siempre termina en desastre económico. Los hermanos bolivianos sufren inflación y desabasto, aumento de precios en los alimentos y en los combustibles, control de precios, escasez y contrabando. Los subsidios gubernamentales quebraron las finanzas públicas.

El MAS fue puesto de patitas en la calle, porque la demagogia populista, de cualquier signo ideológico, engendra feroces demonios en sus entrañas. La idolatría al caudillo en la que se sustenta, origina disputas por el poder y la delicia de poseerlo; así, la política se convierte en un aquelarre.

El pueblo se cansa de tanta transa y derriba a los ídolos.

“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar…”

Analista. @ lf_bravomena

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