México no está en crisis. Pero tampoco está convergiendo. Y esa diferencia explica casi todo.
Entre 1993 y 2023, el crecimiento promedio del PIB mexicano fue cercano al 2.2% anual. En el mismo periodo, Corea del Sur creció alrededor de 4.4%, Irlanda cerca de 5% y Polonia aproximadamente 3.9% desde su integración europea. La brecha no es solo de velocidad, sino de transformación estructural.
En 1990, el ingreso per cápita de México era comparable al de varias economías que hoy son desarrolladas o están en plena convergencia. Hoy, Corea del Sur lo triplica, Irlanda lo supera por más de dos veces y Polonia, que partía por debajo, ha reducido de forma significativa la distancia. México creció en tamaño, pero no cambió de nivel.
El indicador más contundente es la productividad. La productividad total de los factores en México prácticamente no ha crecido en más de dos décadas. Entre 1995 y 2022, el crecimiento promedio anual de la productividad laboral fue inferior al 1%, mientras que Corea del Sur registró tasas cercanas al 3% durante su fase de industrialización avanzada, e Irlanda aceleró su productividad mediante inversión sostenida en capital humano, innovación y sectores de alto valor agregado.
México exporta hoy más de 600 mil millones de dólares anuales, una cifra récord. Sin embargo, el contenido nacional promedio de muchas exportaciones manufactureras sigue siendo limitado, y la economía permanece concentrada en segmentos de valor agregado medio dentro de cadenas globales. El país participa, pero no escala. Produce, pero no define.
La inversión en investigación y desarrollo se mantiene alrededor de 0.7% del PIB, frente a un promedio cercano al 2.7% en la OCDE, más de 3.5% en Corea del Sur y niveles superiores al 4% en economías líderes en tecnología. Esta brecha explica buena parte del rezago en innovación, sofisticación productiva y crecimiento del ingreso.
El ingreso laboral real ha mejorado, pero lentamente. Mientras economías que transformaron su estructura productiva duplicaron o incluso triplicaron su ingreso per cápita en pocas décadas, México ha avanzado de forma gradual, sin lograr cerrar brechas estructurales de productividad, informalidad y capital humano.
El nearshoring representa una oportunidad histórica, pero también una prueba estratégica. Vietnam, por ejemplo, mantuvo un crecimiento promedio superior al 6% durante más de dos décadas, multiplicó su complejidad exportadora y aceleró la acumulación de capacidades industriales. No tenía la geografía de México, pero sí una estrategia de transformación productiva clara.
México cuenta con ventajas objetivas: proximidad al mayor mercado del mundo, escala industrial, tratados comerciales, estabilidad macroeconómica relativa. Pero carece de una política consistente para convertir crecimiento en desarrollo. Sin inversión sostenida en
educación de calidad, infraestructura energética confiable, Estado de derecho y sofisticación tecnológica, el país corre el riesgo de repetir el mismo patrón: más volumen, poco cambio estructural.
México no ha fracasado. Pero ha normalizado un crecimiento insuficiente para converger. Ha aprendido a expandirse sin transformarse. Y esa estabilidad relativa, que evita crisis, también ha reducido la urgencia de hacer reformas profundas. La historia económica es clara: los países no se transforman por inercia. Corea del Sur no lo hizo por geografía. Irlanda no lo logró por casualidad. Polonia no convergió por accidente. Todos apostaron por productividad, talento, instituciones y visión de largo plazo.
México tiene hoy condiciones para crecer más. La pregunta estratégica es si está dispuesto a cambiar la calidad de ese crecimiento. Porque el verdadero riesgo no es crecer poco, sino crecer durante décadas sin cambiar de trayectoria.
Como advirtió el gran genio del management moderno, Peter Drucker, “no hay nada tan inútil como hacer con gran eficiencia algo que no debería hacerse en absoluto.”
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