Ni venganza ni perdón, mejor título imposible para la temporada de cuchillos largos que se avecina en la 4T.

Julio Scherer le cuenta a Jorge Fernández Menéndez historias a modo de catarsis, quizá como un pacto con su propia conciencia para el desahogo de su memoria; y, al hacerlo, deja de nueva cuenta en el apellido un documento periodístico para la posteridad.

Julio vivió de cerca la génesis, la apoteosis y la hybris de López Obrador y del lopezobradorismo. Fue el testigo de primera línea de cómo las ideas inocentes, con buenas intenciones, terminaron convertidas en aberraciones del ego, a costos brutales para el pueblo bueno, al que primero se quiso defender.

Leer el libro es, lo confieso, sumirse en el morbo de una historia fascinante, con protagonistas diletantes del poder: primerizos, advenedizos, torpes o ingenuos, que nunca esperaron llegar a donde llegaron y de la forma en que llegaron.

Desde un Alejandro Gertz Manero que no contestaba el teléfono para que fuese informado de su futuro como fiscal, pasando por una Olga Sánchez Cordero que mostraba tibieza en público mientras clavaba puñales por la espalda, hasta un hombrecillo como Jesús Ramírez Cuevas que sembraba discordias en cada oportunidad o, incluso, el capricho que puso a López Gatell en el puesto porque lo había corrido Calderón o la inoperancia y mala entraña de Adán Augusto López que terminó costando a México el Poder Judicial. El testimonio de Scherer se vuelve oro en tiempos donde privan la hipocresía y la doble moral.

Julio sabe lo que ha hecho; no es ningún improvisado. Las consecuencias de joder a los poderosos le corren por las venas.

De entrada, ya abundan acusaciones sospechosistas sobre el origen del libro: sobre si Salinas Pliego lo financió porque Jorge Fernández trabaja con él; sobre si es el primer eco serio de la batalla cultural del movimiento libertario promovida desde el Vox español… ¡Já! Solo falta que también culpen al QAnon o a Epstein.

El libro es lo que es: un madrazo político de un tipo que, lo dice en algunos de sus pasajes, se arrepiente de no haber actuado a tiempo y de haber apoyado nombramientos y decisiones que salieron muy caras a la postre.

El primer damnificado, Jesús Ramírez Cuevas, ha escrito una larguísima carta, cursi, salpicada de frasecillas del mesías tropical, en donde dice —no se ría— que él nunca ha financiado granjas de bots para atacar a los opositores ni sembrado preguntas en la mañanera.

Y más allá de sus granjas de bots y de sus youtubers, a ver quién más se lo cree.

Por desgracia, el libro no aporta más que lo que aporta: es un testimonio clave; no hay denuncias ni documentos.

Para aquellos colegas que se sienten más papistas que el papa, valga la frase del gran Kapuscinski: “El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a esconderse”.

DE COLOFÓN: No culpen al dueño de los gatos; él solo quería lo mejor para el muchacho.

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