La muerte de Jürgen Habermas marca el cierre de una de las últimas grandes tradiciones intelectuales del siglo XX: aquella que todavía creía que la razón, el diálogo y la palabra podían sostener la vida democrática. En un tiempo en el que la política parece cada vez más dominada por la emoción, la inmediatez y la polarización, su obra adquiere una relevancia renovada.

Habermas no fue un filósofo del poder, sino de sus límites. Frente a las visiones que entienden la política como una lucha permanente por la imposición —sea a través de la fuerza, el dinero o la manipulación—, él defendió una idea más exigente: la legitimidad solo puede surgir del intercambio racional de argumentos entre ciudadanos libres e iguales. A esa apuesta le llamó acción comunicativa.

La propuesta es, en apariencia, simple: las decisiones colectivas deben poder justificarse públicamente mediante razones. Sin embargo, sus implicaciones son profundas. Supone que la democracia no se agota en el voto, ni en la representación, ni siquiera en la legalidad formal. Requiere algo más difícil: una esfera pública en la que los individuos puedan deliberar sin coerción, sin engaño y sin desigualdades estructurales que distorsionan la conversación.

Ese ideal, por supuesto, nunca ha existido plenamente. Pero su valor no radica en describir la realidad, sino en ofrecer un criterio para evaluarla.

Hoy, ese criterio resulta especialmente incómodo.

En México, como en muchas otras democracias, la discusión pública se ha desplazado progresivamente del terreno del argumento al de la narrativa. La política se construye cada vez más a partir de consignas, identidades y emociones que buscan movilizar, no convencer. La polarización no es un efecto colateral: es una estrategia, López Obrador lo entendió con claridad. En ese contexto, la deliberación —en el sentido habermasiano— se vuelve no solo difícil, sino que pierde relevancia en la práctica política.

Pero el fenómeno no es exclusivamente mexicano. A nivel global, la esfera pública ha sido reconfigurada por plataformas digitales que operan bajo lógicas distintas a las del debate racional. Los algoritmos no premian la mejor razón, sino la mayor interacción. Y la interacción, con frecuencia, se alimenta del conflicto, la simplificación y la indignación.

Habermas advirtió, desde hace décadas, que la esfera pública podía ser colonizada por sistemas ajenos a la lógica del entendimiento: el dinero y el poder. Hoy podríamos añadir un tercer elemento: la tecnología. No como herramienta neutral, sino como estructura que condiciona la forma en que nos informamos, discutimos y tomamos posición frente a lo público.

El riesgo es evidente. Cuando la política deja de orientarse por la fuerza del mejor argumento y se somete a la lógica de la influencia —sea mediática, económica o algorítmica—, la legitimidad democrática se debilita. Las decisiones pueden seguir siendo legales, pero pierden algo más difícil de medir: su justificación ante los ciudadanos.

En ese sentido, la obra de Habermas no es un ejercicio de nostalgia por una esfera pública idealizada, sino una advertencia vigente. Nos recuerda que la democracia no se sostiene únicamente en instituciones, sino en prácticas: en la disposición a escuchar, a argumentar y a reconocer al otro como interlocutor válido.

En un entorno dominado por la reacción y el enfrentamiento, la deliberación se vuelve incómoda, casi inútil. Pero sin ella, la democracia no desaparece: se vacía.

Quedan las formas, pero el poder deja de justificarse. Y cuando eso ocurre, lo que sigue ya no es debate, sino imposición.

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