Hace más de veinte mil años, un ser humano entró en una cueva y comenzó a pintar. No estaba construyendo una herramienta. No estaba fabricando un arma. No estaba produciendo alimento. Mientras otros miembros de su grupo cazaban, recolectaban o intentaban sobrevivir a un mundo hostil, alguien decidió detenerse frente a una pared de piedra y dibujar animales que corrían, figuras humanas y símbolos cuyo significado todavía se discute.
Es una escena extraña. La historia de nuestra especie suele contarse como la historia de la supervivencia: el descubrimiento del fuego, la invención de las herramientas, la agricultura, las ciudades, la medicina. Sin embargo, junto a todas esas conquistas aparece otra actividad cuya utilidad resulta mucho más difícil de explicar. Desde las cuevas prehistóricas hasta los museos contemporáneos, los seres humanos hemos dedicado una cantidad incalculable de tiempo, talento y recursos a producir algo que, aparentemente, no sirve para nada.
Arte.
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La afirmación puede parecer provocadora, pero conviene detenerse un momento en ella. Una pintura no alimenta a una persona hambrienta. Una escultura no cura enfermedades. Un poema no construye puentes. Una sinfonía no produce energía. Si juzgáramos las actividades únicamente por su utilidad inmediata, el arte ocuparía un lugar marginal en la historia de la civilización.
Y, sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
Ninguna cultura ha vivido sin arte. Cambiaron los idiomas, las religiones, los sistemas políticos y las fronteras. Desaparecieron imperios enteros. Pero allí donde hubo seres humanos aparecieron canciones, relatos, pinturas, esculturas y formas de belleza.
Quizá por ello el arte representa una especie de desafío permanente a una idea muy característica de nuestro tiempo: la creencia de que todo debe justificarse por su utilidad.
Vivimos rodeados de métricas. Contamos pasos, calorías, horas de sueño, productividad, rendimiento y resultados. Con frecuencia preguntamos cuánto produce algo, cuánto genera o cuánto contribuye a alcanzar un objetivo. La utilidad se ha convertido en uno de los criterios predominantes para valorar el mundo.
Bajo esa lógica, resulta difícil explicar por qué millones de personas siguen haciendo fila para entrar a un museo, asistir a un concierto o contemplar una pintura creada hace siglos.
La respuesta quizá se encuentre en una idea que el filósofo Hans-Georg Gadamer desarrolló al reflexionar sobre la experiencia estética. Para Gadamer, una obra de arte no es simplemente un objeto que observamos desde la distancia. Es una experiencia que nos transforma. Al contemplarla, no solo vemos algo; también nos vemos a nosotros mismos de una manera distinta.
Por eso una pintura puede conmovernos, aunque haya sido creada por alguien que murió hace quinientos años. Por eso seguimos leyendo tragedias escritas en la antigüedad o escuchando música compuesta por personas que jamás conocimos. El arte posee la extraña capacidad de atravesar el tiempo y recordarnos que ciertas emociones humanas permanecen intactas.
Tal vez ahí radique su verdadera función.
No alimentar el cuerpo, sino alimentar algo más difícil de definir.
La imaginación.
La sensibilidad.
La memoria.
La capacidad de asombro.
En una época que nos empuja constantemente a producir, consumir y acelerar, el arte nos obliga a hacer algo extraordinariamente raro: detenernos.
Detenernos a contemplar.
Detenernos para sentir.
Detenernos para pensar.
Quizá por eso las primeras pinturas rupestres siguen siendo tan fascinantes. No porque revelen cómo sobrevivieron nuestros antepasados, sino porque revelan algo más profundo. Demuestran que incluso en los momentos más difíciles de la existencia humana hubo personas que sintieron la necesidad de expresarse, de crear belleza.
Como si hubieran comprendido algo que nosotros todavía estamos intentando recordar.
Que sobrevivir es indispensable.
Pero no es suficiente.
Después de todo, los seres humanos no solo necesitamos razones para vivir.
También necesitamos motivos para maravillarnos de estar vivos.
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