El 2026 inició convulso, agitado y ciertamente inestable. La intervención de Estados Unidos a territorio venezolano es a todas luces ilegal. Se engañan quienes creen que la intervención es un triunfo para la democracia, se trata claramente de una intromisión que tiene todo que ver con un recurso tan codiciado como el petróleo y con una búsqueda de legitimación de Trump ante el fracaso de su administración. Esa es la lectura, no nos engañemos.

Ante este escenario, lo primero que debe señalarse es la solidaridad con el pueblo venezolano ante la vulneración de su soberanía, porque más allá de quién fue capturado, el cómo se hizo y el precedente tan alarmante que sienta para el orden internacional, la soberanía y estabilidad regional. Sin ninguna justificación legal, la intervención estadounidense representa una violación grave del derecho internacional y de la soberanía venezolana.

La violación al derecho internacional es clarísima. El artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas señala que los miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos se pronunció señalando que la intervención en Venezuela viola el derecho internacional y contribuye a un mundo menos seguro.

Normalizar, pues, las intervenciones debilita el orden internacional y aumenta el riesgo global. Tendríamos que acostumbrarnos a que Rusia, China u otras potencias podrían hacer lo mismo mediante acusaciones penales como pretexto para intervenciones. El “nuevo orden mundial” sería una complacencia entre pares, es decir, que cada potencia tenga su patio trasero y ninguno levante la voz, eso es lo que nos espera y lo preocupante de la acción unilateral de Estados Unidos.

Vale la pena recordar y tener muy presente que Estados Unidos no interviene militarmente por democracia o libertad. Interviene cuando un país controla recursos estratégicos (Venezuela), un líder deja de obedecer (Panamá), un modelo político amenaza con ser replicable (Chile) o cuando se pone en riesgo la hegemonía regional o global (Libia).

Con esta acción ilegal, Estados Unidos resuelve su seguridad energética, su crisis de inflación, la impopularidad de Trump y se convierte en un país que compite con Rusia en potencial energético. Este es el trasfondo, pero no podía faltar la derecha, la nacional y la internacional, aplaudiendo la intervención, justificándose y, en el colmo del absurdo y la ignorancia, a la senadora Téllez pidiendo la intervención en México.

La posición que ha asumido México a través de la presidenta Claudia Sheinbaum es la de rechazar cualquier intervención en los asuntos internos de otros países, y es que la historia de América Latina es clara y contundente, la intervención nunca ha traído democracia, nunca ha generado bienestar ni estabilidad duradera. Los ejemplos sobran: Chile, Panamá, El Salvador, Irak, Libia, entre otros, todos intervenidos en nombre de la democracia y por el mismo actor.

Como lo dijo la presidenta, “no es lo mismo defender a Maduro que la soberanía”, los discursos pueden ser muy engañosos, por lo que vale la pena analizar todos los elementos del tablero y no caer en el engaño de que la intervención es bajo el discurso de la democracia…vaya, hasta Trump lo señaló, ojalá algunos dejen de hacer el ridículo justificando lo injustificable.

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