Después del reciente grito de independencia, resurgió la discusión acerca de si La Corregidora, a quien por años conocimos como Josefa Ortiz de Domínguez, debe ser nombrada así, con su apellido “de casada”, o debe ser Josefa Ortiz Téllez Girón con sus apellidos de soltera y se marca como un atrevimiento reescribir un nombre fijado por la historia. En la época que vivió doña Josefa era común en las clases altas que la mujer, después de casarse, se pusiera el “de” seguido del apellido del esposo como señal de pertenencia, marcando además que no estaba sola o soltera.

El corregidor Domínguez cayó en desgracia política por haber sido leal a Iturbide, pero su apellido se mantuvo acompañando a Josefa.

Curiosamente, una mujer de la misma época doña Leona Vicario, a quien el Congreso le otorgó en 1822 el título de “Benemérita y dulcísima madre de la patria” jamás fue conocida como Leona Vicario de Quintana Roo. Ella instruyó al Notario para que en su testamento constara que la acaudalada era ella y no Don Andrés. Sin embargo, él fue quien terminó dándole su apellido no a su esposa sino a un territorio primero y, después, a un Estado de la República.

En los países anglosajones la costumbre era que las mujeres sustituyeran el apellido de solteras por el del esposo. Después de casarte eras otra persona. En caso de divorcio, las mujeres no recuperaban en automático su apellido. Se le tenía que pedir a un juez que se los regresara. Si no lo solicitaban, seguían conservando el del exesposo que muchas veces ya era el que les daba identidad.

Otra mujer muy importante del siglo XIX fue Frances Erskine Inglis. Nadie la reconoce con ese nombre porque pasó a la historia como Madame Calderón de la Barca después de haber tomado el apellido de su esposo, el primer embajador de España en México, Don Ángel Calderón de la Barca.

Otra contemporánea de ellas, María Ignacia Rodríguez, “La Güera”, mantuvo su apellido a pesar de sus tres matrimonios. Es su apellido de soltera el que la identifica, poco tiempo usó el “de Peralta” por su segundo marido.

Fue hasta 1979 con la Convención CEDAW que perder el apellido propio y adquirir el del esposo se consideró una práctica discriminatoria. Hay que aclarar que para esa época, la costumbre ya se venía perdiendo y muchas mujeres autónomas de los años 70s jamás usaron el “de” ni tomaron el apellido del esposo. El “de” implicaba propiedad, o que lo accesorio siguiera la suerte de lo principal. Ningún hombre perdió nunca su apellido al casarse, muchas mujeres sí.

Con base en el artículo 16 g), el Comité CEDAW, después del último examen de Japón en 2024, señaló que debe haber previsiones para que las japonesas en el siglo XXI no pierdan su apellido de solteras. Ahí, un solo apellido identifica a la familia y normalmente es el del marido.

Por su parte, la Convención de Belém do Pará señala que los Estados deben modificar patrones socioculturales y la Ley Modelo Interamericana de 2017 señala que la violencia simbólica es la que transmite y reproduce dominación, desigualdad y discriminación a través de mensajes, valores, íconos o signos que naturalizan la subordinación de la mujer.

Sería maravilloso escuchar la opinión de Doña Josefa hoy. Ella seguro estaría de acuerdo en eliminar todo aquello que refleje subordinación, dependencia o pertenencia, pero, sobre todo, estaría de acuerdo en la posibilidad de que cada mujer elija libremente su identidad.

Catedrática de la UNAM @leticia_bonifaz

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