En el cuarto año presidencial los verdes se amotinan, la pasión tropical se desborda y la facundia presidencial, amplificada por el ruido de fondo, complica separar el grano de la paja en la política exterior. Por eso es importante remitirse a los papeles, a lo firmado y convenido y cotejarlo con la palabrería.
En los últimos meses hemos tenido una acumulación contrastante de elementos políticos y discursivos. Pronunciamientos, desvíos, ocurrencias, pero también declaraciones y compromisos. Veamos por partes el expediente. Por un lado constatamos una deriva centralizadora e inquietante que consiste en nombrar embajadores a personas cuyo principal mérito parece ser la amistad de la pareja presidencial, en detrimento de no solamente el servicio exterior, sino de la posibilidad de construir alianzas y mecanismos que beneficien el interés nacional.
El segundo es el sesgo partidista que ha decidido imprimir en su política exterior. Sus expresiones más recientes son la defensa de Podemos y la recepción heterodoxa a Mélenchon. El presidente protege a sus socios ideológicos como si esa fuese una prioridad del Estado mexicano. Sus preferencias políticas no son el interés nacional. ¿Se imaginan a Macron recibiendo a Marko Cortés en el Eliseo? ¿O a Pedro Sánchez mostrar preocupación (a nombre de su abuelo) por la impúdica maniobra de cooptación/amenaza a gobernadores priistas?
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El tercero es la falta de coherencia en la política hemisférica en la que nos hemos perdido por defender una fraudulenta elección en Bolivia y la reputación de dictaduras. No hay gloria alguna en haber defendido a esos regímenes porque finalmente (papelito habla) a la hora de suscribir documentos como la Declaración conjunta México Estados Unidos del 13 de julio, el gobierno de AMLO vuelve a comprometerse (lo aplaudo sonoramente) con los valores fundamentales de la democracia, transparencia, imperio de la ley, derechos humanos y crecimiento incluyente como elementos fundamentales que sostienen nuestra relación con Estados Unidos y Canadá.
De igual manera y aunque a AMLO le cueste hablar de la invasión rusa a Ucrania, por un resquemor que me resulta inexplicable, en la declaración conjunta del 10 de junio de los 3 cancilleres norteamericanos se dice a la letra lo siguiente:
“Reafirmamos nuestro apoyo a la independencia, soberanía e integridad territorial de Ucrania y condenamos la invasión de Rusia a su vecino soberano y democrático en violación del derecho internacional. Canadá, México y Estados Unidos han condenado reiteradamente las muertes de civiles causadas por la invasión ilegal de Rusia en Ucrania y han expuesto la importancia de defender el derecho internacional, incluida la Carta de la ONU.
Tras el encuentro Biden-AMLO se establecen también compromisos en promoción de energías limpias y protección fronteriza que incluyen una inversión mexicana de 1500 millones de dólares en los próximos 2 años. Esos son los compromisos. Yo celebro que a la hora de firmar declaraciones este gobierno de los verdes amotinados y la pasión desbordada, finalmente se comprometa con los valores de la democracia y los derechos humanos, aunque a veces parezca tapadera de dictaduras y que además, fiel a su tradición multilateral y defensa de la ONU, diga con todas las letras que la violación del derecho internacional es algo reprobable y condene (en sintonía con sus vecinos) la inicua invasión de Rusia a Ucrania, aunque el presidente se le enrede la lengua al hablar de ese tema. Por eso es importante hacer hablar a los papelitos.
@leonardocurzio
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