Cada vez resulta más útil ver con detalle la política norteamericana. Las formas y el fondo que hoy dominan la escena norteamericana dejan ver cómo ciertos desplantes (que allí pasan como naturales) aquí nos parecen exabruptos, pero que en la deformada imagen especular dicen mucho de nosotros.
El primero es ir renombrado golfos, lagos y estados. Los renombradores siempre parten del supuesto de que están reivindicando a alguien, o resarciendo algún agravio. Encuentran fantástico renombrar el paso de Cortés, porque esa especie de ritual vindicatorio los reconforta. El problema, como han dicho los teóricos del reconocimiento, es que puede haber también reconocimientos indebidos y el agravio puede existir en otros colectivos, y a partir de eso, ser política polarizadora. Todavía recuerdo cómo reaccionaron cuando alguna delegada quitó la estatua del Che Guevara.
Para el norteamericano promedio, que se identifica con Trump, la corriente de simpatía que despierta llamar “Nueva América” a Nuevo México probablemente sea similar a la que Claudia Sheinbaum tuvo cuando decidió desaparecer la Glorieta de Colón. A mí me parece muy mala idea hacer política con esas cosas, porque si rescatamos el memorial de agravios y lo ponemos en el mapa, nada quedará a salvo.
Lo segundo es eso de usar el dinero público para comprar voluntades. Los 5 mil dólares prometidos por Trump parecen una majadería. Un presidente que abiertamente sale a comprar votos repartiendo dinero, no es muy lejano de las prácticas que en este país se acostumbran. La Presidenta no debe ignorar que cuando entregan los programas sociales, los responsables se encargan de recordarte que es “por cortesía de la Presidenta”. Aunque digan que es constitucional, el hecho de que públicamente ella (utilizando indebidamente su poder) haya señalado a Gabriel Quadri y a Sergio Sarmiento por recibir la pensión universal, significa que llevan un control de quién recibe y quién no. A nadie se le ocurriría decir que Sergio Sarmiento utiliza las autopistas, o que tiene algún subsidio en su recibo de luz, si es que nos lo aplican a todos. Claramente los programas sociales se ven como una dádiva que la Presidenta restriega y no como una política impersonal.
Lo que se ve mal allá, aquí parece que es el amor trasladado a políticas públicas. Morena sigue gozando de un enorme apoyo que se debe no solamente a los millones que reciben una ayuda del gobierno, sino porque sigue conservando una imagen engañosa pero muy potente. Los morenistas disfrutan todavía del prestigio del inconformista, del que dice cambiarlo todo, del que se insurgió contra un régimen percibido como inicuo. Siguen conservando el aura de los que se atrevieron a desafiar a la tecnocracia, pero ahora disfrutan de todos los privilegios del poder. Parece extraño, pero siguen reivindicando el 68 y el movimiento universitario, como si todavía estuviesen en esa órbita, pero circulan en camionetas oficiales y amasan patrimonios envidiables, reforman la Constitución a su antojo y nombran embajadores a sus amigos. Igual que sus predecesores de la generación del 68, muchos años vivieron con esa doble identidad. Llegaron al poder y se les acabó la imaginación. Empezaron a encontrar las mieles del privilegio y hoy las usan descaradamente para favorecer a sus cercanos con cargos y contratos.
La gestión de Morena ya no es un libro por escribir. Ya no son los inocentes revolucionarios que llegaron a cambiar las cosas con austeridad y honradez. Hoy son la casta que gobierna, la mafia en el poder, igual que Trump es el nuevo pantano de Washington.
Analista. @leonardocurzio
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