En los próximos meses habrá elecciones en Brasil y los ciudadanos determinarán si Lula tiene un cuarto mandato, o le dan el poder al hijo de Bolsonaro. Parece uno de esos cuentos en los que el protagonista no tiene una buena solución. Tiene que elegir entre trillado y lo peor. El gigante de América Latina tiene cada vez menos energía transformadora. A principios del siglo, cuando Lula entró como un ventarrón de esperanza, Brasil se convirtió en una de las diez más grandes economías del mundo, con un impulso que lo llevó a superar a México. El Brasil de 2026 está en una condición muy diferente. De hecho, si se ve el desempeño de sus amigos de los BRICS, lo superan en ritmo de crecimiento.
En los últimos 10 años, la India es 76% más grande y China 71%. Incluso Rusia ha aumentado su producto en 20 puntos. Los indios pueden constatar que su gobierno ha conseguido, por la vía democrática, hacer un milagro económico. Los chinos, con su modelo confuciano, siguen asombrando al mundo. El verticalismo de Putin ha dado algunos modestos resultados. Hay otros países con desempeños notables, como la Turquía de Erdogan, que ha crecido cerca del 60% en 10 años.
En América Latina estamos muy lejos de esas métricas. El país que lo hace mejor es Chile: en 10 años ha crecido 22%; y México apenas llega al 13%.
Si fuese futbol no habría que argumentar demasiado, pero al ser economía y política es interesante preguntarse ¿por qué hay países que crecen tanto y otros que no lo consiguen? Hablaba antes del Brasil de Lula, pero también me puedo preguntar ¿por qué México, con un plan para ser una de las 10 economías más importantes, no consigue acercarse a Indonesia en tasa de crecimiento? El archipiélago asiático ha crecido su producto un 51% en 10 años.
En América Latina tenemos un mal que está vinculado con la política y el tejido institucional. Hay algo dañado en la región que impide que países tan potencialmente prósperos tengan un desempeño tan mediocre. Para consumo interno pueden aplicar pomadas, diciendo que crecer al 13% en una década es una proeza y que, en todo caso, aunque sea escaso el crecimiento, ha sido redistributivo. Probablemente sea cierto, pero eso no quita que las locomotoras latinoamericanas funcionan con carbón y las asiáticas son de alta velocidad, lo cual está cambiando al mundo.
Cada año se amplía la brecha entre las economías más prósperas y las latinoamericanas. Las cosas se van moviendo suavemente desde el interior, pero sin reparar en que el mundo lo hace mucho más rápido. En consecuencia, nos vamos quedando atrás. Las implicaciones que esto tiene para las nuevas generaciones son enormes, pues les estamos dejando un legado de asombrosa mediocridad en el desempeño.
En el caso de México, el apunte es todavía más triste, porque hemos tenido las condiciones ideales para crecer, según anotaban muchos expertos. Cito dos. 1) El nearshoring, es decir, la relocalización industrial de los Estados Unidos. 2) Un gobierno unitario que tiene todas las capacidades constitucionales, legales y presupuestarias para hacer lo que se requiera para que el crecimiento se dé y, sin embargo, no ocurre.
En América Latina perdemos el tren del progreso, obsesionados como estamos, por una política que no ha tenido capacidad de renovarse y de ofrecer proyectos alternos. Es triste constatar que Brasil tiene que elegir entre una cuarta versión de Lula y el retoño de Bolsonaro, cuyo padre tuvo un gobierno desastroso.
Analista. @leonardocurzio
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