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Hace poco más de diez años, el analista demócrata Simon Rosenberg escribió para Letras Libres un ensayo en el que analizó a los dos grandes partidos políticos estadounidenses en vísperas de las elecciones presidenciales del 2008.
De manera previsible, Rosenberg fue particularmente duro con los republicanos. Calificó al partido de “reaccionario” y advirtió sobre “el ascenso en el pensamiento dominante” de la derecha “de estrategias antidemocráticas”. Los republicanos, argumentó, habían emprendido una marcha atrás de destino incierto y peligroso. “La enfurecida guerra de los republicanos en contra de la modernidad ha escalado y parece haberse institucionalizado”, escribió Rosenberg.
En aquel tiempo, al editar el texto con Rosenberg, recuerdo haber pensado que quizá exageraba. Después de todo, el partido republicano había nominado como candidato presidencial a Mitt Romney, una figura relativamente moderada.
Hoy, el ensayo de Rosenberg resulta profético. En una década, el partido republicano se ha radicalizado notablemente. De la mano de Donald Trump, se aferró a la retórica nativista y etnonacionalista. El partido del libre comercio se convirtió en el partido del “America First”. La seducción rusa de figuras de gran relevancia resultaría irreconocible a Reagan, tal vez la última figura de liderazgo universal entre el movimiento conservador.
En los últimos días, el retroceso del partido republicano ha alcanzado una suerte de culminación en el espectáculo, inédito en un siglo, que ha visto a la mayoría conservadora, paralizada frente a la tarea elemental de elegir un líder en la Cámara de Representantes.
Las dificultades humillantes que enfrentó por días el congresista californiano Kevin McCarthy para conseguir los 218 votos necesarios para su elección como líder revelan una ingobernabilidad alarmante dentro del partido republicano. Si McCarthy tuvo esos problemas para tomar posesión del liderazgo de la mayoría, no es difícil imaginar la rebelión cotidiana que tendrá entre manos cuando se trate de asuntos de verdad significativos y complicados. No es una exageración decir que la mayoría republicana puede resultar imposible de manejar, paralizando al congreso estadounidense por (al menos) dos años.
Pero el caos de los últimos días obliga a una conclusión más ominosa. Durante varios días, McCarthy intentó convencer a sus compañeros rebeldes de apoyarlo mediante concesiones. Buscó, pues, una salida política. Es revelador que la estrategia fracasara repetidamente.
Por momentos, pareció como si la fracción opuesta a la elección de McCarty, fuera imposible de convencer. Y aquí lo alarmante. Quizá, su intención final no tiene que ver con el ejercicio de la política, sino con su destrucción. A pesar de las consecuencias graves que podía implicar un congreso paralizado, los republicanos rebeldes no cedieron ni un ápice. Mandaron al diablo a las instituciones, dirían nuestros clásicos. Vaya: ni siquiera cerraron filas en el momento en que el propio Trump, así lo solicitara públicamente. Lo hicieron después, a regañadientes y, casi, entre puñetazos.
¿Qué pretenden, entonces?
Es posible que el partido republicano finalmente le haya dado la razón plenamente a Simon Rosenberg y se haya convertido, no en un actor político racional, sino en una entidad reaccionaria y premoderna, interesada en quemarlo todo antes que en construir algo.
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