En este tiempo de estridencia y algoritmos se nos ha olvidado que varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. La lógica binaria —conmigo o contra mí— no ayuda a entender conflictos complejos (como el iniciado en las últimas por Estados Unidos e Israel contra Irán) ni a exigir responsabilidades a todos los actores involucrados. Intentemos, por un momento, sostener más de una verdad.

1.- Desde hace décadas, el régimen teocrático iraní ha hundido a su sociedad en un clima de terror sistemático. La tortura, la persecución y el encarcelamiento de quien disiente no son excesos aislados: son política de Estado. En las últimas semanas, los ayatolás han asesinado con brutalidad a miles de personas que protestaban en las calles del país, dejando una estela de muerte y miedo. Irán ha sido, además, promotor histórico de organizaciones y acciones terroristas en la región. Es un régimen que ha negado a su pueblo las libertades más esenciales: la de expresión, la de organización, la de decidir su propio destino. Nada de eso debe relativizarse.

2.- También es irresponsable ignorar la historia del intervencionismo estadounidense. La guerra en Irak no sólo derrocó a un dictador; desató un conflicto interno devastador cuyas consecuencias regionales incluyeron el surgimiento del Estado Islámico y una profunda desestabilización de Medio Oriente. La tentación de ver a Donald Trump como un promotor virtuoso de la libertad a través de la acción militar desconoce lecciones duramente aprendidas. La historia existe por algo. Sus advertencias no son anécdotas académicas: son cicatrices geopolíticas.

3.- Para Donald Trump, abrir un frente militar de esta magnitud sin autorización del Congreso ni respaldo claro de la mayoría del pueblo estadounidense implica un riesgo político enorme. No sólo porque la intervención podría escalar hacia un conflicto mayor, sino porque contradice la promesa central de la doctrina “America First”: evitar el involucramiento en guerras lejanas y costosas. Trump llegó al poder criticando a los líderes que apostaron por la construcción de naciones en el extranjero. Hoy procede de manera similar, con un agravante institucional: actuar sin la autorización expresa del Congreso. En un sistema democrático, ese precedente importa tanto como el resultado en el campo de batalla.

La complejidad no es debilidad. Es honestidad. Y en momentos como este, hace falta recordar que condenar a un régimen brutal no obliga a aplaudir una intervención imprudente. Ambas cosas pueden ser ciertas.

@LeonKrauze

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