La Independencia de México fue resultado de dos proyectos distintos: uno insurgente, popular y social, y otro criollo-aristocrático, conservador y monárquico. La crisis de 1808, provocada por las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII ante Napoleón provocó el desarrollo de las ideas soberanistas en la Nueva España. Ante la ausencia del rey, la soberanía se trasladaba —en un inicio provisionalmente— hacia las partes integrantes del reino.
El Ayuntamiento de México, con figuras como Azcárate, Primo de Verdad y Talamantes, defendió una autonomía fiel a la monarquía. Asumía la soberanía del reino mientras volvía Fernando VII. Esta vía fue reprimida con el golpe de Gabriel de Yermo contra el virrey Iturrigaray.
Esa idea autonomista se trasladó a las conspiraciones de Valladolid y Querétaro. En Valladolid se propuso una junta que gobernara en nombre de Fernando VII, mientras que en Querétaro la conspiración derivó en el levantamiento de 1810.
Hidalgo y Morelos plantearon un programa social radical con la construcción de una identidad común “americana”. A través de El Despertador Americano, los insurgentes buscaban movilizar a la población contra el dominio colonial.
El movimiento fue desarrollando la idea de la soberanía popular en documentos como los Elementos constitucionales de Ignacio López Rayón, aún sin terminar de apartarse de la Colonia. Morelos lo evolucionó en la idea soberanista en los Sentimientos de la Nación, donde proclamó la independencia absoluta, la soberanía popular, la división de poderes, la igualdad, la abolición de la esclavitud y la moderación de la desigualdad social. Esta línea culminó en el Acta de Independencia de 1813 y en la Constitución de Apatzingán de 1814, considerada la primera formulación constitucional mexicana de carácter republicano y popular.
La respuesta realista se mantuvo en bandos virreinales, recompensas contra los jefes insurgentes, excomuniones, persecución inquisitorial y reglamentos militares.
A la muerte de Morelos, mantienen la insurgencia Guerrero en el sur y los liberales encabezados por Francisco Xavier Mina en 1817.
Con la consumación de la independencia, entre 1820 y 1821 se restablece la Constitución de Cádiz, cuyo cuño liberal alarma a los sectores privilegiados novohispanos, que impulsaron una independencia conservadora para proteger sus intereses. Iturbide pacta con Guerrero y formula el Plan de Iguala, basado en tres garantías: religión católica, independencia y unión. A diferencia del programa insurgente, este proyecto defendía una monarquía constitucional, conservaba privilegios eclesiásticos, protegía la propiedad y ofrecía una igualdad más formal que social.
Los Tratados de Córdoba ratificaron el Plan de Iguala y reconocieron al nuevo país como Imperio Mexicano. La entrada del Ejército Trigarante en la Ciudad de México y el Acta de Independencia de 1821 consumaron jurídicamente la separación de España.
La consumación de la Independencia desplaza el programa social insurgente, y reorganiza el poder mediante una fórmula monárquica y conservadora.
En síntesis, entre 1808 y 1821 hubo dos independencias: la primera, insurgente, que buscaba soberanía popular, igualdad y transformación social; la segunda, consumada por Iturbide y las élites, que separaron el poder político de España, y dejaron para una siguiente revolución el proyecto social de Hidalgo y de Morelos.
Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
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