El jueves pasado, la fila más larga de la inauguración del Mundial no fue la del camión que nos llevaría del Parque México al estadio, tampoco la de los accesos, quizás algo le competían los puestos de cerveza. Era la del baño de mujeres. Nada extraordinario. De hecho, era exactamente lo que cabía esperar en un estadio concebido en 1966 para un público de hombres y que, sesenta años después, la masculinizada industria que no quiere cambiar intenta albergar un Mundial cuya realidad demográfica es completamente distinta.
En la zona de plateas del por ahora llamado Estadio Ciudad de México hay cuatro baños para mujeres si caminas para un lado del pasillo y cuatro si caminas para el otro. Cuatro frente a un flujo continuo de una decena en la zona de los hombres. La explicación técnica existe y es razonable. Cuando se construyó el entonces Estadio Azteca, los asistentes eran abrumadoramente hombres. Los planos respondían. Los mingitorios permiten una circulación mucho más rápida que los cubículos y modificar ciertas áreas implica intervenir estructuras y sistemas hidráulicos de un edificio que fue pensado para otro momento histórico.
Todo eso es cierto. Pero también es cierto que la reciente remodelación costó alrededor de 235 millones de dólares. Hubo presupuesto para nuevas zonas de hospitalidad, conectividad, pantallas, experiencias premium y todas las adecuaciones necesarias para que la FIFA aprobara el inmueble. Lo que no hubo fue suficiente incentivo para corregir una realidad que, aparentemente, nadie considera urgente. Las mujeres harán fila. Como la han hecho siempre. Harán fila y no tendrán tampoco cambiadores para bebés. ¿También les habrá representado mucho gasto o reto a la arquitectura de Pedro Ramírez Vázquez?
Las preguntas alrededor de las mujeres y el futbol ya no son... ¿Las dejan entrar? ¿Las toman en cuenta? ¿Las consideran aficionadas legítimas? Las mujeres ya están dentro. No estaban en Qatar y pocas en Rusia, pero ahora ya están. Compran boletos, camisetas, cerveza, plataformas de streaming, paquetes turísticos y patrocinadores. Viajan para seguir a sus selecciones, organizan reuniones alrededor de los partidos y participan de una economía futbolística que se ha vuelto extraordinariamente rentable. Con su dinero. Sí, su dinero.
La propia Adidas reconoció hace unos días que la camiseta de la Selección Mexicana es la más vendida entre todas las selecciones que patrocina, por encima de Alemania y España. Y de esas ventas, más de una tercera parte corresponde a mujeres. El dato importa porque muestra algo que la industria parece entender perfectamente cuando se trata de ingresos: las mujeres son consumidoras de fútbol. Lo que no queda claro es si las entiende cuando se trata de experiencia.
Hace unas semanas, organizaciones civiles, autoridades y organismos internacionales comenzaron a trabajar en protocolos especiales para prevenir el aumento de violencia contra las mujeres asociado a los grandes eventos deportivos. Distintos estudios han documentado incrementos en violencia doméstica, acoso y explotación sexual alrededor de eventos masivos de fútbol. Resulta curioso que una industria capaz de movilizar millones de personas, miles de millones de dólares y enormes dispositivos de seguridad siga generando conversaciones sobre riesgos que afectan desproporcionadamente a las mujeres al mismo tiempo que celebra su creciente incorporación al negocio.
En el estudio "El Mundial en las mujeres", realizado por La Labó, encontramos algo que aparece de manera consistente: las mujeres no están esperando que el fútbol cambie para participar. Ya la conocen y no esperan mucho de él, pero participan porque algo les reporta. Una experiencia radicalmente distinta a la de los fieles hombres. El Mundial forma parte de las conversaciones de las mujeres, de sus consumos culturales y de sus decisiones de gasto aun cuando muchas siguen reportando experiencias de exclusión, condescendencia, violencia o incomodidad dentro de los espacios futboleros.
Entonces cambiemos la conversación y además de analizar cuánto han mejorado las mujeres jugando futbol, platiquemos cuánto ha avanzado el fútbol en comprender a las mujeres. Porque mientras la industria deportiva sigue operando bajo la premisa de que ellas llegarán de cualquier forma, otras industrias están compitiendo agresivamente por su tiempo, su atención y su dinero.
Quizá por eso la fila del baño resulta más interesante de lo que parece. No habla de sanitarios y cambiadores. Habla de prioridades. Habla de una industria que aprendió muy rápido a venderles a las mujeres, pero que todavía parece avanzar mucho más lento cuando se trata de pensarlas. Y esa diferencia importa porque las consumidoras pueden tolerar durante mucho tiempo que un espacio no haya sido diseñado para ellas. Lo que ninguna industria debería asumir es que esa tolerancia será infinita.
@LauraManzo
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