El patriarcado mexicano está herido. Y los heridos, cuando se sienten acorralados, no suelen rendirse con elegancia. Responden con violencia.
Lo que ocurrió en la Preparatoria Makarenko de Lázaro Cárdenas, Michoacán, es la expresión más cruda, hasta ahora, de una contraofensiva que lleva años gestándose: el uso del odio radicalizado en jóvenes como herramienta para frenar el avance de las mujeres. Un adolescente de 15 años no llega solo a declarar “odio a las feministas” antes de disparar. Llega después de haber sido alimentado, durante meses o años, por una narrativa que convierte cualquier ganancia femenina en una humillación personal.
Miriam Lindner, psicóloga e investigadora asociada de la Universidad de Harvard, ha documentado cómo las comunidades online de resentimiento masculino crean “ecologías del odio” donde la frustración sexual y social se transforma en una forma de violencia que resulta no solo justificable, sino atractiva para quienes se sienten desplazados. Por otro lado, el trabajo de Robert Green, investigador de Rutgers University, sobre la “Black Pill Pipeline” describe con precisión el proceso de radicalización: un trayecto que va del aislamiento inicial a la “píldora negra” (black pill), una convicción fatalista según la cual las mujeres y el feminismo representan el enemigo estructural, hasta llegar a la aprobación moral de la agresión como un acto de justicia restaurativa.
Veneno importado del norte, dirán algunos. En parte. Pero es terreno fértil donde ese veneno se activa con rapidez. Aquí el patriarcado es cultural y es estructural; es alimentado por impunidad, violencia generalizada y una resistencia profunda a aceptar que el viejo orden está quebrado. A pesar de los indudables avances —paridad constitucional, interrupción legal del embarazo en la mayoría de las entidades, mayor acceso de las mujeres a la educación superior y a puestos de decisión—, persiste un sector importante de hombres en todos los círculos sociales y econóomicos que interpreta cada conquista femenina como una pérdida. De ahí su antagonismo disfrazado de hartazgo o de chiste.
El mecanismo es antiguo, pero la tecnología es nueva. Antes, el patriarcado frenaba el avance feminista con prohibiciones legales o con la violencia doméstica silenciada. Hoy lo hace inyectando miedo en dos direcciones simultáneas: hacia los jóvenes varones, a quienes convence de que su malestar existencial tiene un culpable claro —las feministas—, y hacia las propias mujeres, a quienes intimida para que duden, callen o directamente renuncien a identificarse como feministas.
El retroceso más peligroso sin duda sería la derogación abierta de leyes, pero a esta podríamos llegar si aumentará la autocensura femenina. Esa cantidad de mujeres que, ante la escalada de odio, siguen priorizando la “paz familiar”, la “armonía social” o el “no vayas a ser conflictiva” por encima de su propia dignidad y derechos. Esa costumbre ancestral —poner a los demás primero— sigue siendo una de las cadenas más resistentes del sistema, porque apela al instinto de supervivencia: mejor ceder un poco que arriesgar todo.
Pero la responsabilidad principal recae en los hombres. Son ellos quienes, en su mayoría, guardan silencio cómplice ante este odio, lo minimizan o lo justifican como “frustración juvenil”. Son ellos quienes se resisten a ceder poder real en el hogar, en el trabajo y en la sociedad. Son ellos quienes, con su pasividad o su defensa activa del statu quo, permiten que la soledad masculina se convierta en misoginia armada. El patriarcado no se sostiene solo: lo sostienen hombres concretos que se niegan a construir una masculinidad que no dependa de la subordinación femenina.
Saskia Brechenmacher, senior fellow del Carnegie Endowment for International Peace, ha analizado este backlash global y lo describe como una reacción organizada contra los logros de las últimas décadas. No es casualidad que se intensifique precisamente cuando las mujeres ganan terreno visible.
En contextos como el mexicano, donde el machismo convive con altas tasas de violencia generalizada, este backlash encuentra aliados inesperados: algoritmos que premian el enojo, acceso relativamente fácil a armas y una sociedad que todavía prefiere diagnosticar “problemas individuales” antes que reconocer un problema político y cultural profundo.
El caso de Michoacán obliga a mirar de frente que el costo del avance será intolerable mientras los hombres se nieguen a ceder poder y a buscar una nueva forma de ser hombres. Y mientras sigamos tratando estos crímenes como “tragedias aisladas” o “problemas de salud mental”, evitaremos hablar de que se trata de una reacción política del orden patriarcal que se rehúsa a morir.
A las mujeres que hoy dudan si vale la pena seguir llamándose feministas, el sistema no las va a recompensar por su prudencia. El sistema las usará. A los hombres que promueven este odio o lo observan en silencio, su cobardía los define: el mismo odio que alimentan terminará carcomiéndolos también a ellos. De seguir sin aceptar la responsabilidad en la cadena de violencia y el entendimiento de las razones de la violencia, no existe buena salida para nadie.
Y no hay neutralidad posible en este punto. O se confronta de frente el mecanismo que convierte frustración juvenil en misoginia armada, o seguiremos enterrando maestras mientras el patriarcado celebra cada retroceso en la conciencia colectiva.
@LauraManzo
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