Lo más difícil de este episodio no es entender lo que pasó, sino cómo juzgarlo sin caer en los reflejos de una sociedad misógina. Ser periodista significa cuestionarlo todo, incluso cuando se trata de la presidenta de la República. Pero también significa saber cuándo el cuestionamiento reproduce la misma violencia que decimos denunciar. Porque cuando una mujer —aunque sea la más poderosa del país— sufre una agresión sexual, lo primero que hay que hacer es nombrarla, no ponerla en duda.
Claudia Sheinbaum fue agredida sexualmente mientras caminaba de Palacio Nacional a la Secretaría de Educación Pública. No fue un roce, ni un malentendido, ni una provocación. Fue una agresión. Ella presentó denuncia y el hombre que lo hico está detenido. En la Ciudad de México, eso es un delito. El Código Penal local, en su Artículo 179, castiga el hostigamiento sexual con uno a tres años de prisión y multa de hasta cien días de salario, pena que puede aumentar si la víctima es servidora pública o si el acto ocurre en un espacio público. Que la presidenta haya sido víctima de esto debería bastar para entender la dimensión del problema: si a ella, con escolta, le sucede en pleno Centro Histórico, ¿qué queda para las millones de mujeres que viajan solas, sin seguridad, cada día?
Sin embargo, lo que siguió fue predecible: el hecho se convirtió en campo de batalla. Algunos opositores insinuaron que todo podía ser un montaje. Y Morena, en lugar de evitar caer en el juego, lo amplificó con una indignación selectiva: “¿Cómo se atreven a dudar de la presidenta?” Pero el daño ya estaba hecho. Porque cuando un acto de violencia sexual se convierte en materia de disputa política, la víctima se vuelve objeto, no sujeto. Y convertir el cuerpo de una mujer en argumento es otra forma de violencia.
Cuestionar al poder no es misógino. Dejar de hacerlo sí lo sería. Pero hacerlo a costa de la integridad de una mujer también. El periodismo tiene el deber de analizar el contexto —y el contexto importa: Sheinbaum enfrenta el momento más complicado de su primer año de gobierno, con una crisis de violencia, una percepción creciente de inseguridad y un país que desconfía. Decirlo no es machista, es describir la realidad. Pero cuando una agresión sexual ocurre en ese entorno, hay que saber separar los planos: no todo lo que sucede en la política es político; el cuerpo de una mujer no puede usarse como distractor.
La agresión a Sheinbaum no es un hecho aislado. Es un recordatorio de lo que viven millones de mexicanas todos los días. Siete de cada diez mujeres han sufrido algún tipo de violencia, según datos del INEGI. Y en el transporte público, el 96% ha sido víctima de acoso o agresión, de acuerdo con ONU Mujeres. Por eso se inventaron los vagones rosas exclusivos en el metro: porque la violencia era —y es— cotidiana. Porque las calles, los autobuses y los espacios públicos no fueron pensados para protegernos, sino para vigilarnos, señalarnos o ignorarnos.
En la Ciudad de México, el acoso sexual es delito. Pero en muchos estados del país, todavía no lo es. ¿Qué esperamos para que lo sea? Si un acto así ocurre frente a cámaras, rodeado de seguridad y termina en una denuncia presidencial, ¿qué puede esperar una mujer cualquiera cuando su agresor es su jefe, su vecino o un desconocido en el metro?
El equipo de seguridad de la presidenta debe estar preparado para evitar una agresión de cualquier tipo, y capacitado con perspectiva de género. Si no pudieron prevenir que alguien se acercara a tocar a la jefa del Estado, ¿cómo esperamos que actúen frente a una ciudad entera donde las agresiones suceden a diario y sin testigos?
Las mujeres, desafortunadamente, ya sabemos de qué se trata. Muchos hombres no. No todavía, a pesar de todo lo que hemos hablado, dicho, investigado y sacado a la luaz. Todavía hay quien dice que “no fue para tanto”, hay quien se ríe. Todavía hay quien calla cuando un amigo acosa. No basta con no agredir: hay que entender, hay que educarse, hay que hacerse cargo.
Lo ocurrido con Sheinbaum no puede convertirse en anécdota, ni en cortina de humo, ni en pretexto para polarizar más al país. Es una advertencia. Una oportunidad para mirarnos y reconocer que el cuerpo de una mujer sigue siendo percibido como posesión, incluso cuando ese cuerpo representa el poder más alto del Estado.
Nombrar la agresión es el primer paso. Lo que sigue es más difícil: construir un país donde ninguna mujer, presidenta o no, tenga que temer por su cuerpo.

