La Ciudad de México se está quedando sin tiempo. Cada temporada de lluvias. Cada centímetro de hundimiento. El Metro envejece más rápido de lo que puede rehabilitarse. La movilidad se ha convertido en una fuga silenciosa de vida, con 184 horas al año perdidas por conductor en el tráfico. La ciudad con mayor nivel de congestionamiento del planeta. Lo extraño es que la ciudad ya no crece como antes. Su población se estabilizó, pero sus problemas no. Al contrario, parecen acelerarse.

Durante semanas la conversación —si es que se le puede llamar así, se ha concentrado en la ajolotización, esta intervención visual que tiñó de morado puentes peatonales, transporte público y espacios urbanos con figuras del ajolote, defendida por la jefa de Gobierno como símbolo de identidad y resiliencia, pero criticada por priorizar la estética sobre los problemas que realmente afectan la vida diaria de millones. Las críticas se multiplicaron considerablemente. Los defensores respondieron que al clasismo, que la resistencia histórica hacia una mujer que viene de Iztapalapa y representa a sectores populares. Pero los ciudadanos que hicieron caer la popularidad de la jefa de Gobierno el mes pasado viven más allá de las redes, viven en las calles y entre los problemas. Y la ciudad lleva mucho tiempo dando señales tan estridentes como la dupla amarilla-morada de agotamiento. La inseguridad y delincuencia son unas de las principales quejas. Agua, movilidad, drenaje, bloqueos, baches, inundaciones siguen también presentes en las respuestas ciudadanas. Ninguno de estos temas es nuevo. Ya todos los conocemos, pero la sensación que hoy persiste es que siempre llegamos después, tarde, a aplazarlos o a medio atenderlos.

La documentación de la propia administración de Brugada muestra ese patrón. Tras las inundaciones históricas de 2025, el gobierno anunció Tlaloque 2.0 y una inversión de 3 mil 360 millones de pesos para infraestructura hidráulica. Después de las quejas acumuladas por el deterioro vial, lanzó un programa de mantenimiento y bacheo por 2 mil 250 millones de pesos. En materia de movilidad, anunció inversiones cercanas a los 50 mil millones de pesos para rehabilitación del Metro y otras obras de transporte. No son acciones menores. No son cifras insignificantes. Pero las inundaciones y los baches siguen. Las inversiones quedan pequeñas frente a la magnitud acumulada de los desafíos. Son rezagos de décadas de crecimiento desordenado, subinversión crónica en infraestructura y, más recientemente, lluvias más intensas asociadas al cambio climático.

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Hay un nombre para eso. El modelo en el que la política pública no se activa hasta que el problema ya ocurrió. El reactivo no es exclusivo de Brugada —es casi la norma de la gestión en México—, pero sí es su marca hasta ahora, y en una ciudad con los rezagos acumulados, ese modelo tiene un costo compuesto. Estamos hasta el tope.

El Mundial podía ser la excepción. Una fecha que no se mueve, que no espera la emergencia para anunciar la solución. Era la oportunidad de demostrar que el gobierno puede anticiparse. A diez días del inicio del campeonato, todavía hay pendientes y accidentes. La foto de la Línea 2 sobre Calzada de Tlalpan es la columna que el gobierno no escribió. El gobierno, de hecho, logró que el Mundial fuera emergencia sin ser un desastre natural.

Eso es lo que la ciudadanía registra cuando cae la aprobación. La estética de la ciudad es solo el síntoma. El malestar que produjo esa crítica viene de la sensación de que la ciudad sigue siendo malabareada en lugar de gobernada. El 44% considera que la gestión del transporte público está mal o muy mal.

El morado termina siendo lo de menos para la mujer de 59 años que sale de su casa en Iztapalapa todos los días a las 5:50 de la mañana. Debe subirse al pecero que la llevará al Metro Acatitla. Trasborda en Pantitlán para ir al poniente. Baja en Tacubaya para volver a tomar un camión que la acerque a su trabajo. Llega, si tiene suerte, a las 9:45. Saldrá de regreso a las 6:00, con el congestionamiento a tope.

Para ella, el problema nunca fue el color de un puente peatonal ni la figura de un ajolote. El problema son las tres horas de ida, las tres de vuelta, el bache que sigue ahí, la lluvia que vuelve a paralizar la ruta, el Metro que vuelve a colapsar y la sensación de que la solución siempre viene después.

Porque al final las ciudades no fracasan cuando se quedan sin presupuesto. Tampoco cuando se quedan sin ideas. Fracasan cuando se quedan sin tiempo.

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