El dato del INPC de febrero reportado por Inegi vuelve a colocar en el centro del debate económico las posibles implicaciones de que la inflación repunte este año. Después de varios meses en los que la narrativa oficial enfatizaba una trayectoria clara de desinflación, esta se ubicó en 4.02% —por encima del límite superior de la banda del 3% ±1% de Banxico—, con un alza mensual de 0.50% en el índice. Más importante aún, la inflación subyacente —la que excluye los componentes más volátiles y refleja mejor las presiones estructurales de precios— continúa por encima de la general y muestra señales de persistencia. En febrero, la inflación subyacente alcanzó 4.50% anual, mientras que el componente de servicios creció 0.52% en el mes, una de las variaciones más altas dentro de la canasta de precios.

Estos indicadores sugieren que el proceso de convergencia hacia el objetivo de inflación podría ser más lento y complejo de lo que se ha transmitido en los últimos meses, lo que implicará ajustar las estimaciones en los próximos periodos.

Durante buena parte del último año, tanto el Banco de México como la Secretaría de Hacienda y Crédito Público han sostenido que el proceso de desinflación se encontraba en marcha. Bajo ese diagnóstico se comenzó a preparar el terreno para un ciclo gradual de reducción en la tasa de política monetaria. La tasa de referencia del banco central bajó de 11.25% en 2023, su nivel más alto desde la adopción del esquema actual de política monetaria, a 7.0% —que todo indica se mantendrá en marzo.

La dinámica reciente sugiere que la inflación está cambiando de naturaleza y recuperando fuerza. La mayor parte de las presiones ya no provienen de los bienes sujetos a choques externos, sino del componente de servicios. Este cambio es relevante porque la inflación de servicios suele ser más persistente. A diferencia de los bienes, sus precios están estrechamente vinculados a costos laborales (el salario mínimo aumentó 13%, junto con los costos asociados), rentas y estructuras de mercado con menor competencia. Una vez que los precios en estos sectores aumentan, tienden a ajustarse con mucha mayor lentitud a la baja.

Dentro de este grupo destaca un rubro que se ha convertido en uno de los principales motores inflacionarios: los alimentos preparados fuera del hogar. Restaurantes, fondas, loncherías y establecimientos similares han registrado incrementos constantes en sus precios durante los últimos años. En febrero, el propio índice de precios mostró que estos servicios estuvieron entre los genéricos con mayor incidencia en el aumento mensual de la inflación, con 7.2% anual, impulsados por demanda post-home office y empleo formal que se incrementó 3.5%.

A esta presión se suma el comportamiento de los servicios turísticos. La demanda internacional por destinos nacionales no solo en las tres sedes se mantiene elevada y se intensificará con la proximidad del Mundial. La experiencia de otros países muestra que eventos de esta magnitud tienden a generar presiones inflacionarias en sectores como hospedaje, transporte, alimentación y entretenimiento, lo que se combinará con los períodos vacacionales típicos de la temporada.

Otro elemento menos discutido en el análisis inflacionario es el impacto de factores de seguridad sobre la producción y distribución de alimentos. Episodios de violencia, extorsión o interrupciones logísticas en zonas agrícolas pueden traducirse en menores volúmenes de producción o mayores costos de transporte. Cuando esto ocurre, los precios de productos frescos reaccionan rápidamente. En febrero, por ejemplo, algunos productos agrícolas registraron aumentos particularmente pronunciados debido en gran parte a la violencia en Michoacán: el limón subió cerca de 26%, la papa más de 20% y el jitomate más de 22%, lo que ilustra la volatilidad del componente agropecuario dentro de la inflación.

El tema energético también toma relevancia. Recientemente el gobierno federal renovó un acuerdo con distribuidores para mantener el precio de la gasolina regular alrededor de 24 pesos por litro. El esquema, sin aparentes subsidios, implica que parte de los posibles incrementos en los precios internacionales del combustible podrían ser absorbidos dentro de la cadena de comercialización lo que implicaría sacrificar márgenes o reintroducir, tarde o temprano, estímulos fiscales.

Todo esto sugiere que el proceso de desinflación podría ser más lento de lo que se anticipaba hace algunos meses. La inflación ya no está dominada por choques transitorios asociados a la pandemia o a disrupciones globales. Hoy está impulsada por factores internos: salarios, servicios, estructura de mercados y presiones en la cadena alimentaria. No se trata de un episodio pasajero, sino de una transformación gradual en la forma en que se generan los aumentos de precios. Habrá que reforzar la atención para solucionar el problema, especialmente fuera de la política monetaria.

Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

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