En memoria del Dr. Vicente Quirarte
Tenemos un conflicto permanente con el pasado. Nos sigue incomodando aquello que parece no se apega a la historia que hemos tratado de escribir. Hay un constante rechazo a lo que forma parte de nuestra identidad, nos negamos a ver lo que somos y no nos percatamos de que al rechazar el pasado estamos censurándonos a nosotros mismos. En ese pasado que intentamos borrar se encuentran las soluciones a los conflictos del presente.
La herida abierta y punzante que dejó la Conquista no ha cerrado, hemos sido incapaces de incorporarla a nuestra presente. Permanentemente la rechazamos, esa ha sido la respuesta inmediata a la incomodidad que genera hablar de la fusión de dos culturas y la incomprensión de lo que era Mesoamérica antes de su descubrimiento. Pueblos en conflicto constante y un desprecio hacia los mexicas, cultura que había sometido al resto, por ello la unidad de las distintas comunidades de indígenas, cansados del flagelo, la violencia y explotación que se ejercía desde Tenochtitlan. Sin esta condición política los quinientos españoles no hubieran logrado conquistar al gran imperio.
Fue un pasado de conquistas y violencia. No vayamos tan lejos, el presente sigue siendo igual. Pareciera que estamos frente a una conducta humana que se repite de manera infinita. Los imperios buscan expandirse, controlar e imponer su cultura.
No estoy de acuerdo con la escritura de la historia en singular, la mejor manera de replantearnos el problema del pasado es entenderlo y reescribirlo desde la pluralidad, dejando de lado opiniones cerradas que se basan en una sola visión. Es necesario reescribir la historia estudiando nuevas fuentes, lo que es significa incorporar otras voces a la narración del pasado.
¿Qué hacer con nuestro pasado español? Entenderlo e incorporarlo. Es la solución más inteligente. El mexicano no ha nacido huérfano, tiene profundas raíces con un pasado indígena formado de tradiciones que siguen presentes y se entienden, únicamente, en la unidad con España. Tenemos, entonces, dos raíces hondas y complejas. Nuestro pasado indígena con toda su complejidad y construcción histórica, formado por la sucesión y el conflicto de los distintos grupos políticos; y lo español, una cultura que se forma a partir de la unidad de iberos, celtas, visigodos, romanos, musulmanes y judíos. El mestizaje que surge de la unidad de ambas culturas nos habla de la complejidad de lo mexicano.
Entendernos, forzosamente, pasa por ir a la raíz de nuestro origen. La asimilación del pasado es la comprensión del presente.
El mexicano no ha nacido huérfano y negar una parte de lo que somos es cerrarnos a la construcción de un futuro distinto. Es imposible no pensar en las atrocidades que la Conquista significó para los pueblos indígenas, pero no debemos idealizar las civilizaciones que existían antes de este proceso histórico. Las guerras y el dominio entre los mismos grupos indígenas traían consigo acciones tan severas como la que los españoles realizaron. Construir la historia bajo el falso fundamento de buenos y malos es no entender los diversos procesos que tuvieron lugar.
Nuestra nación ganará mucho cuando entienda, asimile e incorpore a su presente el pasado español, que es nuestro propio pasado, una de nuestras raíces que nos dan forma y sentido. España y México comparten problemas y soluciones. Ambas naciones están unidas por el lazo más fuerte y permanente: el lenguaje que es imaginación y diálogo.
Hasta aquí Monstruos y Máscaras…
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