La poesía ha muerto por la ignorancia del burócrata. El ciudadano afligido se tendrá que conformar con el recuerdo y escuchar la voz entristecida del viejo transeúnte que por la avenida Álvaro Obregón deambule, cual flânuer, y con nostalgia diga: ¡aquí murió dos veces el poeta López Velarde!

Cuando se plantea la pregunta: ¿qué tanto se lee poesía en México? La respuesta se acompaña de silencio. El lector de poesía habita en el silencio de la soledad que le permite leer entre párrafos, comprender como cada palabra que ha sido colocada de manera perfecta, por eso necesita tiempo y aislamiento. Nos encontramos de manera frecuente lectores de novelas no de poesía.

La poesía es un género vivo y revolucionario. Sigue siendo el proyectil no solo que embellece los ojos de a quien se le dedica sino también un artefacto corrosivo que protesta ante la ignorancia del poder.

El poeta sale con sus versos. Elige las palabras precisas y confronta al poder, que desde la inopia intenta comprender la cultura, destruyéndola y poniéndola al capricho de quien con osadía cree que innova cuando solo demuele y pervierte, dinamita lo que por décadas la sociedad ha logrado.

Son las ocurrencias lo que exhibe que quienes asumen encargos culturales poco han leído, visto y sentido. Sus carencias no ya intelectuales sino de sensibilidad demuestran que gobiernan para beneficiar a sus grupos, lanzan gasolina a los espacios que han generado comunidad y han permitido mantener viva la palabra escrita, la palabra del poeta que es plural e invita a que otros participen: abre la puerta al poeta del futuro para que siga escribiendo y manteniendo viva la tradición.

Los poetas han salido a la calle ante el delirante intento de cambiar el sentido de la Casa del Poeta que lleva el nombre de Ramón López Velarde. Espacio donde todos hemos asistido a presenciar la vida de una poesía que retrata la profundidad de nuestra cultura. Hemos acudido a leer poesía de nuestros maestros: en esas paredes escuche en voz de Vicente Quirarte su libro El tiempo y sus mastines, y me percate de que la palabra detiene el tiempo, nos hace transitar a múltiples cronotopos en cuestión de segundos. La Casa del Poeta es el espacio de libertad donde la palabra vence el tiempo y la ignorancia.

Desconozco que pase por la cabeza de las autoridades de cultura de la ciudad, pero estoy seguro de que el desprecio a la tradición literaria es un riesgo para el proyecto de izquierda. Al cabaret se le tendrá que buscar el espacio adecuado donde forme su comunidad y tradición.

Quien impulsa la cultura, es más quien en realidad la entiende tendría que estar preocupado en dotar de presupuesto a este tipo de espacios para que continúen y amplifiquen su función. Mal hacen en esconderse en el velo de la izquierda cuando sus ideas se anclan en pensamientos retrogradas.

Apelo al sentido crítico de Clara Brugada para mantener la casa del poeta, dotarla de presupuesto necesario que permita impulsar la vida y obra de Ramón López Velarde y que abra paso a los nuevos poetas. Los desacuerdos son oportunidades de mejoras y es momento oportuno de darle un giro a la política cultural de la ciudad.

De refilón un poco de poesía de López Velarde que bien harían los burócratas en leer: “He vuelto a media noche a mi casa, y un canto/ como vena de agua que solloza, me acoge…/ Es el músico célibe, es el solista dócil/ y experto, es el zenzontle que mece los cansancios/ seniles y la incauta ilusión…

Hasta aquí Monstruos y Máscaras…

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