La Y y la O son antónimos. La Y, dice la Real Academia Española, se usa “para unir palabras o cláusulas en concepto afirmativo”; la O, por el contrario “denota diferencia, separación o alternativa entre dos o más personas, cosas o ideas”. Mientras la primera une la segunda contrapone. Esa breve, culterana e insípida introducción quizá sobra porque todos usamos ambas día a día. ¿A quién le vas a México O a Chequia? Tienes que optar: una o la otra. Habrá fiesta y trago, la Y denota que no son excluyentes y que el jolgorio y el alcohol pueden ir juntos.

Pues bien, en el largo, complejo, tenso y trágico conflicto entre Israel y Palestina, las diferencias pueden reducirse, de manera más que esquemática, entre quienes usan la Y, y quienes por el contrario insisten en la O. Me explico, o por lo menos intento.

A estas alturas debería resultar contundente, pero por desgracia no lo es, que en el pequeño territorio del Medio Oriente que ocupan esas dos naciones, es imprescindible construir políticas para su coexistencia. Es decir, para la edificación de un estado palestino colindante con el estado israelí. Se trata de asumir en serio y con todas sus consecuencias a la Y. Israel y Palestina, Palestina e Israel.

Por desgracia, las posiciones hegemónicas parecen ser las que ponen en el centro y explotan con furia la O. Aquellos que piensan que el triunfo de la causa Palestina implica la destrucción del hogar judío, o del otro lado, los que actúan como si la seguridad de Israel requiriera la derrota implacable de sus vecinos.

Lejos, muy lejos, quedan aquellos tiempos, a mediados de los años noventa del siglo pasado, cuando las dirigencias del estado israelí y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) pactaron su mutuo reconocimiento, luego de enconados y sangrientos desencuentros. Fueron las posiciones abiertas a los “otros”, comprensivas de los derechos de ambas naciones, quizá agotadas por la espiral de sangre y destrucción, las que llegaron a la conclusión de que la Y inclusiva podía abrir un camino a la coexistencia y, con el tiempo, a la reconciliación.

Por desgracia, las posiciones más extremistas parecen reforzarse mutuamente. El terrorismo de Hamas alimenta las posiciones más intolerantes dentro de Israel, y la política de destrucción, acoso y muerte que el gobierno de Netanyahu ha desplegado en Gaza robustece las ansias de venganza. Y como si ello fuera poco, se produce una ola expansiva en el mundo que parece reforzar la dinámica de exclusiones, alineándose con la O. Si estás con uno de los bandos debes estar en contra del otro. Esa O rotunda, lo único que hace es echar más leña al fuego a la espiral de desencuentros e inyectar la perversa idea que el triunfo de unos supone el aniquilamiento de los otros. A miles de kilómetros de distancia de ese lúgubre conflicto nunca faltan los que creen que su labor es la de inyectar cizaña para inflamar los ánimos.

Sin embargo, hay que subrayarlo, no son los extremistas incendiarios, los que niegan el derecho a la coexistencia de las naciones, los héroes en ese mortífero enfrentamiento. Todo lo contrario: serán, si algún día se fortalecen, las posiciones incluyentes, comprensivas de las necesidades de sus vecinos, las capaces de edificar una ruta para la convivencia de esas comunidades en dos estados, los que eventualmente deberán ser reconocidos como los forjadores de una paz justa y duradera.

Profesor de la UNAM

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