El 22 de agosto de 2024, en medio de la alharaca por la mal llamada reforma judicial, Susano Peñafiel (por cierto, muy parecido a Joaquín Pardavé) escribió en X, “¿quieren saber mi pronóstico de la reforma judicial? Apoyados en su mayoría calificada, estos insensatos van a romper el jarrón. Ya roto, lo intentarán volver a pegar con diurex”. Voz de profeta. En eso están ahora tratando de recomponer el jarrón sin entrar al fondo del asunto, solo maquillándolo un poco.
Era insostenible tratar de hacer la elección de los nuevos integrantes del Poder Judicial el mismo día de las elecciones federales y locales, de lo cual alertó incluso el INE, y ahora se propone posponerlas un año. Santo y bueno. Pero el jarrón seguirá roto, maltrecho, si no se hace un esfuerzo serio por modificar la premisa de que jueces, magistrados y ministros sean electos por votación universal.
Hay que asumir que llevar a votación esos cargos cancela la posibilidad de no politizarlos. Y jueces alineados a cualquier fuerza política acaban por desnaturalizar su función. Los juzgadores, se supone, deben estar por encima de las pasiones que de manera natural desata la política y ser capaces de ofrecer garantías de imparcialidad a todos. Y ya lo vimos, aquellos que resultaron ganadores en las pasadas elecciones fueron quienes lograron el apoyo de alguna corriente u organización política.
El Universal Responde
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Los famosos “acordeones” que tanto llamaron la atención y tanto escándalo desataron, eran apenas la punta del iceberg. Un eslabón “natural” para “orientar” a los votantes porque la lista interminable de personas desconocidas impedía, sin ellos, abrirse paso y ubicar a los candidatos.
Pensemos por un momento en las elecciones como las conocemos. El próximo año se elegirán 500 diputados, 128 senadores, 17 gobernadores, cientos de diputados estatales, presidentes municipales de más de mil ochocientes municipios, más una legión de regidores y síndicos. Es seguro que se abrirán paso los nombres de los candidatos a gobernador, los de los presidentes municipales y quizá los de algunos senadores y diputados. Ahora, bien, piense usted cuántos de nosotros conocemos los nombres de “nuestros” diputados o de los síndicos y regidores que conforman el cabildo de nuestro municipio. ¿Cómo entonces los elegimos? Porque existe un atajo cognitivo, una señal orientadora, una fórmula para ubicarnos y ubicarlos en el tsunami de candidatos; y esa, ya lo sabe usted, son los partidos políticos. Necesarios como mediadores entre electores y los cargos de gobierno y legislativos. No se ha inventado un escape para ello y los candidatos independientes, que no son más que micro partidos, tienen problemas incluso para adquirir visibilidad pública.
Candidatos a jueces, magistrados y ministros si quieren ganar estarán obligados a pactar con alguna fuerza política implantada en su distrito, región o en el país, que los promueva a través de “acordeones” o fórmulas similares. Si ello no sucede sus posibilidades de triunfo serán cercanas a cero. Y si lo hacen, no hay escape, estarán comprometidos con sus promotores. Tendremos entonces juzgadores -basta ver la nueva Corte-, no solo subcapacitados sino facciosos y por ello incapaces de ofrecer garantías de imparcialidad y correcta aplicación de la Constitución y las leyes.
Habría que aprovechar el momento (ensoñación vana) para no solo colocar un diurex al jarrón roto, sino para remodelar y construir un jarrón resistente y confiable.
Profesor de la UNAM

