Morir es nuestro destino. Todos moriremos. Pero cómo llegamos al término de la vida es una cuestión peliaguda. De manera esquemática y simple podríamos decir que hay muertes súbitas provocadas por un accidente o un paro cardiaco fulminante. Suele decirse con pena: “por lo menos no sufrió”. Hay muertes que se dilatan gracias a los avances de la medicina que logra otorgar al paciente varios años más de vida en condiciones aceptables. No obstante, existen padecimientos terminales, irreversibles, en los que se sabe que más temprano que tarde el paciente fallecerá, que generan un sufrimiento extremo, en los cuales las personas dejan de ser lo que fueron y claman, literalmente, por un auxilio para morir. En estos últimos casos muchos individuos demandan asistencia médica para poner fin al deterioro extremo, porque como dice la conseja popular “esa vida ya no es vida”.

Conforme uno avanza en edad, lo que antes era una posibilidad remota, borrada de la conciencia, reclama atención y genera incertidumbre y desasosiego. En los casos en los que se sabe que la muerte es inescapable y genera un dolor indecible, (creo) no somos pocos los que demandaríamos asistencia médica para bien morir, para no alargar inútilmente el ahogo y para que entre los más cercanos no se irradie esa nube de angustia, impaciencia y sufrimiento que suele envolver a quienes saben que no hay salida.

Pues bien, un Comité Promotor denominado Libertad para Morir, coaligado a una asociación civil del mismo nombre, ha presentado una iniciativa ciudadana para lograr el derecho a la “asistencia médica para morir”. Intenta recabar las firmas necesarias, cumpliendo con los procedimientos que establece el INE, para que el Congreso de la Ciudad de México le dé entrada como iniciativa preferente. Por cierto, no es la primera vez que los órganos legislativos reciben propuestas similares; desde 2002 se han multiplicado, pero no han sido dictaminadas.

María Asunción Álvarez del Río, Beatriz Vanda Cantón, Jorge Enrique Linares Salgado y Pedro Isabel Morales Aché, elaboraron una fundada y clara exposición de motivos y un proyecto de modificaciones normativas que facilitarían, para aquellos que reclaman una muerte asistida, una ruta cierta y transitable. Lo siguiente esta tomado de ese documento: se trata de una fórmula para ampliar derechos y reconocer la autonomía del doliente. Y dos son las modalidades que podrían existir para ayudar al enfermo terminal: el suicidio médicamente asistido y la eutanasia. En el primero, los médicos ofrecen las dosis letales y el paciente los toma o aplica por sí mismo, en la segunda, es el profesional quien las administra. La película de Alejandro Amenábar, Mar adentro, documenta de manera elocuente la exigencia de asistencia para morir de un tetrapléjico, y el tortuoso laberinto judicial en el que se ve envuelto.

No seríamos innovadores en la materia. En 15 países esas modalidades existen y por supuesto se requiere llenar una serie de requisitos para ejecutarlas: solicitud de la persona, que el sufrimiento sea intolerable y la enfermedad terminal, que sea mayor de edad y aprobada por un comité médico. Porque resulta un auténtico horror la prolongación de la vida, a sabiendas de que el paciente está condenado a la muerte, tratándolo como si fuera un trasto y desatendiendo su propia voluntad.

No es un asunto menor, sino una exigencia que parte de una premisa fundamental: así como se busca la dignidad en la vida, debe existir la posibilidad de morir dignamente.

Profesor de la UNAM