En un libro póstumo, autobiográfico, Emilio García Riera, con unos gramos de sorna nos informa de sus fobias y antipatías (70 años de ser yo. Cal y Arena. 2025). No soportaba lo políticamente correcto, las frutas y los vegetales, “los pinches mensajes de fe y esperanza”, el circo, las carreras de automóviles, las motocicletas, los uniformes, la entrega de los óscares, los cursos de personalidad, “la soporífera vida privada de las ‘estrellas’ del espectáculo”, las mesas redondas, “los animales que joden en la realidad”, “los rollos psicológicos, sociológicos y antropológicos”, “las culturas exóticas que deben ser respetadas”, los gentíos, las estudiantinas, “las declaraciones nobles, emotivas y edificantes de personajes famosos”, las telenovelas, la revista ¡Hola!, la pornografía, los niños (de otros), y un largo etcétera.
Por supuesto, él mismo aclaraba que había cosas que le causaban no solo fobia sino odio: “la guerra, el racismo, el hambre, la miseria, el destierro forzoso…”. Pero en ningún momento señala a la política. Era un hombre ilustrado y cuerdo (aunque el listado primero lo ponga en duda). No se mimetizaba a esa moda (quizá no lo sea) que equipara política con corrupción, promesas incumplidas, demandas excedidas, retórica elemental, traiciones recurrentes, oportunismos desbordados, egos robustos y sígale usted. Porque el descrédito de la política flota en el aire urbi et orbi. Recuerdo aquel mal chiste en el que la maestra le pregunta a Pepito en qué trabaja su madre, y él, muy serio, responde: “es prostituta”. La madre lo sabe y le reclama airada, “¿por qué dices mentiras, Pepito?”; —“es que me dio pena decir que eres diputada”.
Ese fárrago me recordó el más que pedagógico y pertinente libro de Bernard Crick, En defensa de la política (Tusquets, INE) que apuntaba que “la política, según el gran Aristóteles, surge en estados organizados, que reconocen ser un conglomerado de múltiples miembros, no una tribu o el producto de una religión, un interés o una tradición únicos. La política es el resultado de la aceptación de la existencia simultánea de grupos diferentes, y, por lo tanto, de diferentes intereses y tradiciones, dentro de una unidad territorial sujeta a un gobierno común”.
Hace 2,500 años ya los mejores pensadores sabían que las sociedades no eran un bloque indiferenciado, sino una diversidad de grupos e intereses que estaban obligados a convivir, y que para ello la política resultaba necesaria. Claro, una política que reconocía la legitimidad de los diversos y creaba las condiciones para que en libertad fueran capaces de forjar un acuerdo en lo fundamental, como en el siglo XIX proclamaba Mariano Otero.
Crick nos dice que Aristóteles no creía que esa fuera la única forma para implantar el orden social. Existía otra, la tiranía. El tirano intimida, coacciona, actúa como si su voluntad fuera la única, pero en esa forma de gobierno uno o unos pocos dominan y la gran mayoría es dominada.
En cambio, la política, hoy diríamos democrática, “consiste en escuchar a esos otros grupos a fin de conciliarlos en la medida de lo posible y en ofrecerles categoría legal, protección y medios de expresión claros y razonablemente seguros… de manera que cada uno de ellos y el conjunto de todos pueda hacer una contribución real al objetivo general de la gobernación: el mantenimiento del orden”.
No es un mal recordatorio ahora que se discute la posibilidad de una nueva reforma electoral.
Profesor de la UNAM

