Hoy que en Cuba se vive una situación extrema, sin libertades y con una economía profundamente improductiva, quizá valga la pena extraer algunas enseñanzas. Están a la vista de cualquiera, y se pueden y deben subrayar dos lecciones de lo que no se debe hacer.
1. Abolir por decreto la diversidad política, considerar que existe una sola ideología legítima, un solo partido político con derecho a existir, suprimir todas las libertades, lleva de manera ineludible a la edificación de una dictadura.
Siguiendo el modelo soviético de partido único, de persecución a la disidencia, de cancelación de las libertades de opinión, organización, tránsito, prensa, se edificó un Estado opresor de los ciudadanos a los que se vio como simples engranes de un proyecto refundacional que demandaba obediencia y suprimía la crítica.
En cualquier sociedad, lo sabemos o deberíamos saber, palpitan sensibilidades e ideas diferentes que en conjunto son parte de su riqueza. Ofrecerles cauce para su expresión es lo que intentan los arreglos democráticos, mientras que las pulsiones autoritarias desean alinear esa pluralidad a un solo credo, lo que invariablemente edifica Estados policiacos.
Pero esa pulsión no solo suprime libertades, sino que priva al régimen de los mecanismos correctores de los que escribía Hirschman: “la voz y la salida”. Un Estado de esa naturaleza difícilmente puede reformarse. Dado que no existen otras voces o instituciones capaces de alertar sobre el “rumbo de las cosas”, el empecinamiento suele conducir a laberintos sin salida. En Cuba la voz, es decir, la crítica, fue y es considerada anatema, inaceptable ya que existe una sola verdad, la cual está en manos de la cúpula dirigente. Quien se expresa en contra de la fe oficial merece en el mejor de los casos la excomunión y en el peor la cárcel. Y la salida a la que también hacía alusión Hirschman, como la otra forma de prender las alarmas de lo que no funciona, fue vista como traición, de ahí la descalificación moral de quienes huyeron de la isla. De esa manera se clausuraron las posibilidades de corregir el rumbo y se instauró incluso como ideal el pensamiento único.
2. La abolición por decreto del mercado, la centralización de las decisiones importantes en materia económica, con la peregrina idea de que ello era necesario para edificar una sociedad igualitaria, cortó de un tajo una inmensa cantidad de posibilidades. Como si el mercado no fuera una creación humana, se desterraron y persiguieron las iniciativas individuales, se consideró que cualquier empresa privada era sinónimo de explotación, la “planificación” centralizada no dejó espacio para la innovación, al Estado se le pensó como omnipotente y omnipresente en la economía y al final el ogro, citando de manera abusiva a Octavio Paz, ya no pudo ser siquiera filantrópico.
Cierto, la mecánica del mercado también genera perdedores, pero no es lo mismo una economía de mercado que una sociedad de mercado. A la primera hay que regularla, por ejemplo, hacer que las empresas cumplan con disposiciones en materia ambiental o contractual para con sus trabajadores, es además imprescindible una política fiscal redistributiva, pero una cosa es regular el mercado y otra muy distinta abolirlo, anularlo.
Al final, una sociedad sin libertades y una economía ineficaz, petrificada, han desfigurado hasta extremos difíciles de imaginar lo que en el inicio se proclamó como un proyecto transformador, igualitario.
Profesor de la UNAM

