Siento no tener opción, he de referirme nuevamente a Trump, con la resistencia de mi voluntad. Ocurre que Trump, con la celebración de los 178 años de la guerra entre Estados Unidos y México -1846-1848-, decidió abrir una herida que nunca ha cerrado del todo y convertirla en herramienta política. No fue un desliz histórico ni una efeméride inocente, fue un mensaje deliberado.
Al conmemorar lo que calificó como una “victoria legendaria”, Trump no solo recordó la guerra que terminó con la anexión del 55% del territorio mexicano, sino que reivindicó sin matices la lógica del despojo, el expansionismo y la humillación como fundamentos del poder estadounidense. No habló de contexto, ni de abusos, ni de costos humanos, habló de triunfo, de destino manifiesto y de fuerza: “Triunfo en la guerra contra México que aseguró el suroeste del país y reafirmó la soberanía estadounidense”. Estados Unidos nunca había hecho de esta guerra un motivo de celebración oficial, es un episodio incómodo, incluso para su propia historiografía. Trump lo rescata porque le es útil hoy, en medio de tensiones comerciales, de seguridad y de liderazgo regional. El mensaje de fondo es claro: Estados Unidos ganó entonces porque impuso su voluntad y está dispuesto a hacerlo otra vez.
Trump conecta esa guerra del siglo XIX con su agenda actual: la frontera, la migración, el narcotráfico, la “defensa del territorio”, términos presentados como continuidad histórica. México no es vecino con el que se dialoga, sino un problema que se administra o se presiona. Este discurso tiene destinatarios multiples, hacia dentro, alimenta el nacionalismo duro, el mito de la grandeza recuperada y la nostalgia imperial que tanto rédito le da electoralmente. Hacia fuera, es una advertencia a México, recordándole -con brutalidad innecesaria- que la relación bilateral sigue siendo profundamente asimétrica y que Washington no tiene reparos en usar la historia como arma política. Trump habla como piensa y actúa como habla. Cuando glorifica una guerra injusta, no está revisando la historia, está ensayando el futuro y frente a ese discurso, la respuesta mexicana ha sido la prudencia extrema, la tolerancia, el cuidado a no escalar.
En comedida reacción, Claudia Sheinbaum rechazó la narrativa sin escalar el conflicto, remarcando que su gobierno “no es el de Santa Anna”, comprendiendo sostener una relación funcional con un vecino que disfruta la provocación mediante presiones comerciales, amenazas arancelarias o lanzando dardos envenenados con copiosa carga de suspicacia. Llama la atención la sincera confesión de la presidenta: “ Al menos, el 75% del gas que consumimos viene de Estados Unidos…México tiene que avanzar también en el tema del gas y las fuentes renovables de energía”.
En esa lógica se inscribe también la relación personal entre presidentes. Mencionemos la reciente llamada telefónica de 40 minutos, en la que Sheinbaum afirma no haber abordado el tema de Cuba, en tanto que Trump insiste públicamente haberle pedido a Claudia dejar de enviar petróleo a la isla, a lo cual la presidenta accedió. Alguno de los dos falta a la verdad.
¿Cuánto tiempo podrá México sostener el precario equilibrio frente a un Trump que no dialoga, presiona; no negocia, impone? Cada gesto diplomático se convierte en una prueba de fuerza.

