México parece haberse convertido en un país pendiente de sus escándalos: que si Rocha Moya se va o se queda, que si Andy López Beltrán conserva la visa, que si alguien renuncia, quién acusa y quién responde. Mientras tanto, debajo de ese ruido político transcurre otro México, mucho más silencioso y mucho más importante, el de una economía que crece poco, una inversión que no termina de despegar, unas finanzas públicas bajo presión y una negociación con Estados Unidos que puede definir nuestro futuro económico.
El dato más reciente del PIB muestra un crecimiento de 1.9% anual en el segundo trimestre de 2026, es una cifra positiva —influida por el Mundial de Futbol—, pero insuficiente para hablar de una economía dinámica. La Cepal redujo a 1.3% su pronóstico de crecimiento para México este año. No estamos ante una franca crisis económica, pero tampoco ante el crecimiento que necesita un país con enormes rezagos sociales y una población que demanda mejores empleos e ingresos. La inflación tampoco permite bajar la guardia, en la primera quincena de agosto llegó a 3.26%anual. El porcentaje está lejos de los niveles de crisis de otros momentos, pero el comportamiento de los precios sigue siendo una preocupación para las familias, particularmente cuando alimentos y servicios esenciales presionan el gasto cotidiano.
En cuanto a la inversión, México tiene una oportunidad excepcional por su integración productiva con Estados Unidos y por la posibilidad de atraer empresas que buscan reducir su dependencia de Asia. Pero el llamado nearshoring no se materializa por decreto, requiere seguridad, energía, infraestructura, certidumbre jurídica y reglas claras. Sin inversión suficiente, el crecimiento seguirá siendo modesto y la oportunidad podría terminar beneficiando a otros países. Las finanzas públicas agregan otra presión: Pemex continúa siendo un problema estratégico para el Estado mexicano, en tanto el costo de la deuda y las necesidades presupuestales reducen el margen de maniobra del gobierno. La pregunta no es solamente cuánto debe el país, sino cuánto espacio queda para responder ante una eventual desaceleración o ante nuevas presiones externas.
Marcelo Ebrard sostiene que las negociaciones comerciales con Washington avanzan favorablemente. Conviene tomarle la palabra, pero también mirar con atención lo que está ocurriendo: Donald Trump ya ha hablado de un “nuevo acuerdo” con México, expresión que podría ser mucho más significativa que la simple revisión del T-MEC. La confrontación entre Estados Unidos y Canadá tampoco es un asunto ajeno, México puede beneficiarse si Washington decide fortalecer nuestra posición como socio manufacturero y comercial, pero también puede resultar afectado si la disputa termina endureciendo las condiciones para ambos socios.
Por eso, la discusión nacional debería ir mucho más allá de quién conserva una visa, quién deja una gubernatura o quién gana el último enfrentamiento político. La verdadera pregunta es qué tan preparado está México para enfrentar una economía con bajo crecimiento, unas finanzas públicas presionadas, una inversión que exige certidumbre y una relación con Estados Unidos cada vez más compleja. Los escándalos llenan los titulares y desaparecen, la realidad permanece y esa es la que debería preocuparnos, porque mientras discutimos a los protagonistas del escándalo, millones de mexicanos siguen esperando que el país avance.
Analista político
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