Hay momentos en que la decepción deja de ser política y se convierte en tristeza. Eso me ocurre al mirar el nivel de nuestra vida pública, no por una diferencia ideológica, sino por algo mucho más elemental, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace.

¿Dónde quedó aquello de no mentir, no robar, no traicionar? ¿Qué fue de la exigencia de congruencia que durante años se presentó como la gran transformación moral de México? Y, sobre todo, ¿qué hacemos con la palabra soberanía, convertida en comodín para responder a casi cualquier cuestionamiento que venga del exterior?

Pensemos por un momento al revés, ¿Cómo reaccionaríamos si un influyente político estadounidense exigiera a Claudia Sheinbaum despedir a Rosa Icela Rodríguez y a Omar García Harfuch? Lo llamaríamos injerencia, intervención, atropello, humillación. Y tendríamos razón. La soberanía no puede ser selectiva, debe defenderse cuando nos conviene y también cuando incomoda. Por eso resulta tan lamentable el episodio de Andrés López Beltrán -Andy- quién después de que Estados Unidos le cancelara su visa, publicó una carta dirigida a Donald Trump en la que acusó a funcionarios estadounidenses y llegó a comparar su conducta con la de Hitler, es decir, con la mayor expresión de odio y destrucción del siglo XX. Con que ligereza se invoca a una de las figuras más siniestras de la historia.

Mientras tanto, al otro lado de la frontera, se acumulan investigaciones, expedientes y testimonios relacionados con políticos mexicanos. Washington ha retirado visas a decenas de ellos y mantiene bajo presión a figuras de distintos niveles. El exembajador en México Christopher Landau ya nos advirtió: “Hay que sentarse cómodamente con las palomitas, porque lo más gordo está por venir”. La verdadera tragedia no es Trump, ni las visas de un político, es el deterioro de nuestra propia política. Qué pobreza de valores, qué contradicción entre el discurso y los hechos, qué decepción para quienes votaron creyendo entregar su confianza a personas capaces de hacer de la política un instrumento de servicio y no un refugio para la soberbia, la descalificación o la impunidad. Ningún partido está a salvo de esta crítica, ningún político debería sentirse excluido de ella, porque cuando la política pierde la decencia, pierde también la confianza de la sociedad.

Al margen de lo que hará Washington, ¿qué haremos nosotros? ¿Surgirá algún personaje capaz de reivindicar este noble oficio? ¿Alguien que entienda que gobernar no significa tener siempre la razón, sino asumir responsabilidades? ¿Alguien que vuelva a poner la congruencia, la honestidad y el respeto por encima del poder? Quisiera pensar que sí, porque México no requiere políticos perfectos, necesita políticos que recuerden que la palabra dada es palabra de honor y que la dignidad de un país comienza por la dignidad de quienes lo gobiernan.

Y mientras México se envuelve en discursos de soberanía, Washington parece dispuesto a elevar la presión. El T-Mec estará en revisión, en noviembre Trump enfrentará las elecciones intermedias, ¿Qué hará para llegar fortalecido? La relación entre ambos países entrará en meses definitorios, y quizá entonces descubramos cuánto cuesta en política exterior la credibilidad interna.

Cargando comentarios...