La salud y la educación constituyen dos de los grandes espacios del bienestar humano. En estas páginas frecuentemente me he referido a ellas. Forman parte de los derechos humanos, de los grandes igualadores sociales, de las políticas públicas mejor probadas, de los mecanismos para impulsar la justicia social y de los elementos indispensables para promover los más altos niveles de desarrollo individual, pero también del progreso colectivo. En esta oportunidad volveré a ellas y lo haré a partir de cinco ideas. Las tres primeras se refieren a la educación y las últimas a la salud.
Comparto mi primer planteamiento: “la educación no resuelve todos los problemas, pero sin ella ninguno de los importantes tiene solución”. En el progreso humano, la educación ha estado presente y ha permitido vivir con libertad y dignidad, con justicia y certidumbre. Por si esto fuera poco, ha posibilitado el progreso, el desarrollo de la ciencia, el disfrute de la cultura y la generación y práctica de los valores laicos. La educación ha sido sinónimo de superación.
Esgrimo la segunda: “para una persona y también para la sociedad, es más costoso vivir en la ignorancia que invertir en educación”. Esto es cierto, educar cuesta, pero es trascendente en especial si se hace con calidad, mientras que la ignorancia conduce a la quiebra moral. Por ello preocupan el nivel académico de las universidades del Bienestar, la indolencia frente al desplome de las coberturas en la educación pública, las más de cinco décadas empleadas para sacar del analfabetismo a solo dos millones y medio de personas o los resultados en la prueba PISA.
Sostengo con convicción que “sin arte ni cultura, el espíritu del ser humano desfallece”. Soy de los convencidos de que las artes y la cultura están lejos de formar parte de lujos y adornos de una colectividad. Por supuesto que se trata del tónico de la vida, de mecanismos que enriquecen la experiencia vital y que fortalecen el espíritu de las personas. Se trata de uno de los rasgos que distinguen a las sociedades y de los elementos que nos destacan del resto de las especies.
Por otro lado, “la salud de una población es parte de las condiciones de su desarrollo”. Sin salud, todo es más difícil y el disfrute de la vida se torna más complejo. La salud es fortuna, pero puede ser afectada por una trampa del progreso que crea condiciones que favorecen la adquisición de hábitos poco saludables, estilos de vida contrarios a la salud e incluso mecanismos autodestructivos.
Como último planteamiento sostengo que “en el mundo cada año se registran millones de muertes evitables, de personas que fallecen de padecimientos de los que sabemos casi todo y para los que contamos con medios para su prevención, diagnóstico y tratamiento”. Solo en México, anualmente mueren decenas de miles de personas a causa de las neumonías y la influenza, hepatitis, tuberculosis, tétanos, infecciones por rotavirus, tosferina y, como recientemente hemos visto, por sarampión, debido a la vacunación deficiente generada en el gobierno anterior.
Por desgracia nos estamos acostumbrando a lo indeseable y normalizamos lo inaceptable. Se reciben dádivas que muchos no requieren, con el compromiso implícito de no reclamar el cumplimiento de derechos fundamentales. Esa no es la ruta para la superación. Todo lo contrario es la autopista del desastre y la muerte, la ruta que conduce a perder dignidad y decoro. México está enfermo y vive en la ignorancia. Mucho tendremos que hacer para salir del bache, para tener un cambio de fondo, de rumbo y de método.
Exrector de la UNAM. @JoseNarroR

