México no está bien y en esta ocasión me propongo comentar algunas razones de ello. En primer término, conviene señalar que esto es algo que por desgracia no es reciente. Aún más, nuestras fallas nos han acompañado por siglos, por lo menos, a lo largo de toda nuestra vida independiente. Lo peor es que en los últimos siete años las condiciones se han agravado. No tenemos lo que un país como el nuestro merecería. Cuando nos comparamos con otras naciones como la nuestra, las deficiencias se acentúan.
Son muchas las áreas en las que esto se expresa. Los indicadores de salud, educación, empleo, ingreso, seguridad y productividad, entre otros muchos, así lo muestran. Entre las fallas que no se deben eludir están la falta de visión de país; la pérdida de las oportunidades que hemos tenido; la pobreza y la desigualdad que permanentemente han estado presentes; la corrupción y el desapego al Estado de Derecho omnipresentes; la debilidad de los valores laicos; la pobre calidad de ciudadanía; nuestra adicción a la simulación, así como la falta de democracia y de organización.
Acepto que faltan muchas más y para complicar el cuadro, solo comentaré, en esta y en la próxima entrega, cuatro de las mencionadas. Inicio con la falta de visión de país. Mal iniciamos el trayecto cuando en 1821 nuestra declaración de independencia, suscrita por realistas, extranjeros y altos miembros del clero, omitió a los insurgentes y confió nuestro destino a la formación de un imperio de efímera presencia.
Nunca se acordaron las características de nuestra organización y muy pronto se expresó la lucha entre conservadores y liberales, centralistas y federalistas, clericales y contrarios. Obsesionados por alcanzar el poder para imponer sus convicciones, olvidaron cuidar el territorio y entender los intereses de la nación vecina. Sumemos a esto la falta de compromiso, de capacidad política y de liderazgo de los dirigentes para explicar la pérdida de la mitad de nuestro territorio, la sangre derramada, la vulneración de nuestra soberanía y el encono incrementado entre las facciones políticas.
No hubo entonces y tampoco ahora, más allá de lo declarativo, una visión de nación. Hoy, todavía no contamos con un punto de llegada conocido y aceptado por todos. No disponemos de la ruta, del trabajo por realizar y de la organización requerida. Colectivamente no sabemos si de verdad queremos ser una república democrática con división de poderes, federal, laica, integrada por los 31 estados libres y soberanos y la Ciudad de México y con el auténtico municipio libre como la base de la organización política y administrativa del país.
En serio, ¿hoy somos república?, ¿tenemos división de poderes?, ¿hay democracia?, ¿los estados son libres y soberanos?, ¿existe un verdadero federalismo?, ¿sabemos a dónde vamos y estamos de acuerdo con la meta?, ¿los municipios son, después de quinientos años, lo que hemos querido que sean? Estoy seguro de que, si dejamos de simular y decimos la verdad, las respuestas a todas esas interrogantes son una negativa.
Falta entender y aceptar nuestra historia, reconocer lo que pasó, los errores de unos y otros, hacer a un lado mentiras y fantasías. Dejar atrás la obsesión de dividir para gobernar y la conformidad de la sociedad para ubicarse en un bando. Debemos emprender un verdadero debate de ideas, admitir las diferencias y construir consensos, aceptar que el acuerdo, por regular que sea, es superior a la imposición, por impecable que parezca. También, partir de un diagnóstico certero. Solo así tendremos posibilidad de alcanzar un resultado en el que, en efecto, “la Patria sea primero”.
Exrector de la UNAM. @JoseNarroR

