Cual Agustín de Hipona siglos atrás, León XIV utiliza la contraposición entre dos ciudades como telón de fondo para desarrollar una reflexión sobre nuestro tiempo en su primera encíclica. Las ciudades elegidas son Babel y Jerusalén.

Babel nació de la ambición humana de alcanzar el cielo por sus propias fuerzas. Sus habitantes hablaban una sola lengua, utilizaban la tecnología y perseguían un mismo proyecto. Todo parecía ordenado. Todo parecía eficiente. Sin embargo, aquella unidad encerraba una trampa: la uniformidad sustituyó a la comunidad y el poder terminó concentrándose en una obra que pretendía prescindir de los límites propios de la condición humana.

La segunda ciudad surgió de las ruinas. Jerusalén había sido destruida y sus murallas se encontraban derrumbadas. Nehemías convocó a familias, artesanos, sacerdotes y vecinos. Cada uno asumió una parte de la tarea. La ciudad renació gracias a la responsabilidad compartida y al reconocimiento de que ninguna persona, por poderosa que sea, puede reconstruirla sola.

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Esta contraposición de ciudades bíblicas no es para tratar un tema meramente religioso, sino para reflexionar sobre la inteligencia artificial, una cuestión que tiene múltiples aristas. Una de ellas es la constitucional, en la que vale la pena detenerse.

Toda constitución expresa una determinada visión de la persona humana y de la convivencia política. Algunas están construidas sobre la desconfianza frente al poder. Otras sobre la protección de la libertad. Otras más sobre la búsqueda de la igualdad. Durante más de dos siglos, el constitucionalismo ha buscado limitar el poder político. La división de poderes, los derechos humanos y las garantías procesales surgieron para impedir que una sola voluntad pudiera dominar a las demás. Más tarde aparecieron los derechos sociales, recordándonos que la libertad política resulta insuficiente cuando millones de personas carecen de condiciones materiales para desarrollar una vida digna.

La revolución tecnológica obliga ahora a replantear esa tarea. Una parte creciente del poder ya no se encuentra exclusivamente en los gobiernos. También se encuentra en quienes controlan los datos, los algoritmos y las plataformas digitales que moldean la información, el trabajo, el consumo y, cada vez más, las decisiones colectivas.

La pregunta constitucional del siglo XXI no consiste únicamente en regular nuevas tecnologías. Hay una interrogación más de fondo: qué principios deben gobernarlas. Si la dignidad humana seguirá siendo el fundamento del orden político o si terminaremos reduciendo a las personas a simples datos procesables. Si la tecnología servirá para ampliar las oportunidades de todos o para profundizar nuevas formas de exclusión. Si construiremos instituciones capaces de controlar el nuevo poder o si aceptaremos pasivamente su expansión.

León XIV propone pensar estos desafíos a través de dos ciudades bíblicas. La imagen resulta tan antigua como actual. Babel representa la tentación permanente de organizar la sociedad alrededor de la eficiencia y la uniformidad. Jerusalén simboliza una comunidad construida desde la dignidad de cada persona, la responsabilidad compartida y el bien común.

Las constituciones modernas nacieron para impedir que el poder dominara a la persona. Magnifica Humanitas nos recuerda que esa tarea sigue siendo la misma. Lo único que ha cambiado es el rostro del poder. La gran cuestión constitucional del siglo XXI no es tecnológica, sino profundamente humana: se trata de elegir entre Babel y Jerusalén.

Investigador de la Universidad Panamericana

@ChemaSoberanes

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