Era una de las misiones más ambiciosas jamás concebidas. El objetivo era rescatar a los 52 rehenes retenidos en la embajada de Estados Unidos en Teherán, sin desencadenar una guerra abierta. La operación estaba dividida en seis fases y debía contar con un altísimo grado de sincronización.
La primera consistía en una infiltración aérea profunda de helicópteros y aviones en el desierto iraní. Las naves debían ser reabastecidas en un punto que se denominó “Desert One”. “Desert Two” era el otro punto crítico, situado a 80 kilómetros de Teherán. Los helicópteros llegarían ahí en la madrugada, donde los esperarían tropas escondidas en el terreno. En paralelo, agentes de la CIA debían preparar la logística urbana en la capital. La misión dependía de que los Delta Force pasaran desapercibidos un día entero en ese país hostil.
Lo anterior no es una serie de televisión, sino un plan real que fue ejecutado en abril de 1980, según la reconstrucción de los hechos con base en documentos desclasificados.
El clamor en contra del gobierno de Jimmy Carter era insostenible. En el público todavía reverberaban las imágenes del rescate de la embajada estadounidense en Saigón, unos años antes, una imagen indeleble de vulnerabilidad de la superpotencia. Ahora los miembros de la embajada en Teherán habían sido secuestrados.
El plan continuaba con la infiltración de las fuerzas Delta en la embajada y el ministerio de Exteriores, donde también había rehenes: debía darse un asalto simultáneo en esos dos objetivos. Supuestamente, rezaba el plan, habría una “resistencia limitada de los guardias revolucionarios”. Toda la operación urbana debía ocurrir en menos de dos horas, sin margen para errores o retrasos.
En la siguiente fase, los rehenes liberados serían llevados a un punto de extracción: un estadio en los suburbios de la ciudad, en pleno terreno enemigo, donde los encontrarían los helicópteros. Se puede uno imaginar el grado suicida de la operación, que fue llamada Garra de Águila. Deberían volar a una base aérea previamente capturada por un equipo de rangers, desde donde saldrían todos rescatados en un avión especial. Si una sola cosa fallaba, habría un colapso total y las consecuencias serían incalculables.
¿Qué podría salir mal?
Ocho helicópteros despegaron el 24 de ese mes desde Omán, a las seis de la tarde, más seis aviones Hércules 130, con el objetivo de converger en Desert One. Los helicópteros entraron volando a baja altura, para evitar los radares, pero se enfrentaron a una tormenta de arena como las que todo iraní conoce a la perfección. Irresponsablemente, los servicios de inteligencia no previeron ese factor. Por el polvo denso, la visibilidad era de apenas un kilómetro, y además las naves empezaron a fallar. Uno de los helicópteros abortó, por una falla en el rotor. Un segundo sufrió un fallo hidráulico y también se reportó no apto. Pero la misión sólo era viable si contaba con ocho helicópteros, así que se decidió abortar toda la operación.
Pero lo peor vino en la retirada. Uno de los Hércules logró aterrizar en Desert One y los rangers aseguraron el perímetro, sin embargo, entre las 2:30 y las 3:00 uno de los aviones de repostaje colisionó con un helicóptero, dándose una explosión masiva que causó la muerte instantánea de ocho militares. A partir de ahí la evacuación fue caótica, porque las tropas dejaron en el terreno cinco helicópteros, pero, sobre todo, dejaron algo más macabro, más ignominioso: los cuerpos de los ocho estadounidenses calcinados, que horas después serían profanados en imágenes de la televisión estatal iraní.
La Operación Eagle Claw permanece como uno de los capítulos más agónicos de la historia. Fracasó por mala suerte, una inteligencia militar deficiente y las fallas mecánicas. Carter estaba tocado de muerte. El alud de críticas provino no sólo de la derecha, sino de sus propios compañeros del ala progresista (o, si se quiere, del ala de izquierda). Desde la oposición, Ronald Reagan amplió su narrativa de que Estados Unidos había perdido el respeto mundial bajo el débil mando de la presidencia demócrata.
Actualidad de las operaciones especiales
En los días en que los marinos estadounidenses acaban de rescatar a un aviador en medio del desierto iraní, el recuerdo de quizá la operación especial más desastrosa de la historia, hace 47 años, viene a la mente. La extracción del militar herido, hace apenas unas horas, podría ser acompañada de más misiones de este tipo en medio de la guerra actual, como se baraja en círculos mediáticos.
Un escenario en el que Donald Trump ordenara incursiones de fuerzas especiales en la Isla de Kharg o en el Estrecho de Ormuz implicaría operar en uno de los entornos más vigilados y militarizados del mundo. Kharg concentra una parte sustancial de las exportaciones petroleras iraníes y está protegida por defensas aéreas, radares costeros y presencia naval. Incluso si son bombardeadas con antelación estas defensas, sabemos que pueden quedar algunas, que serían suficientes para contrarrestar el ataque.
Ormuz, por su parte, es un cuello de botella donde Irán cuenta con lanchas rápidas, misiles antibuque y minas navales. Cualquier operación encubierta ahí dejaría de ser “quirúrgica” en cuanto fuese detectada. Un equipo infiltrado podría verse rodeado muy pronto. Como demostró Eagle Claw, en este tipo de operaciones no suele haber margen: si un eslabón falla, el resto se derrumba.
No se diga si se intenta, como algunos han sugerido, penetrar las bombardeadas instalaciones de Isfahan, Natanz o Fordow para recuperar el uranio enriquecido al 60%, una operación que superaría en peligrosidad, quizás, a todas las que han visto la historia. Ese intento implicaría penetrar instalaciones altamente protegidas a decenas de metros bajo tierra y una inteligencia casi perfecta sobre ubicaciones exactas. Todo esto agravado por la complejidad de identificar, asegurar y transportar material nuclear de forma segura en ventanas de tiempo muy estrechas. ¿Se atreverán Trump y Hegseth a tanto?
Los pecados del pasado
Cuando sobrevino la toma de rehenes en la embajada, Carter, de por sí, ya estaba contra las cuerdas por la creciente inflación y la crisis energética, la maldición que tuvo que enfrentar durante toda su presidencia, y que fue causada también por el régimen que se impuso en Irán a partir de 1979. Ahí inició el segundo gran colapso petrolero que experimentó occidente, luego del vivido en 1973. ¿Qué lo provocó? Precisamente la caída del Sha de Persia, quien había sido un aliado de occidente y quien había dejado que fluyera el petróleo hacia EEUU y Europa. La revolución islámica y la llegada del ayatola Jomeini provocó una interrupción masiva de las exportaciones de crudo. Los precios se duplicaron y regresaron las imágenes que el presidente tanto temía: gasolineras cerradas y filas de autos que daban la vuelta a las manzanas.
Fiel a su talante de hombre sencillo, Carter pronunció su discurso más polémico. En lugar de prometer una solución técnica rápida, dijo estas palabras: “demasiados de nosotros tendemos a adorar el consumo, pero poseer cosas no satisface nuestro anhelo de significado". No era un discurso para todos, mucho menos para un público materialista y consumista. Sus opositores lo atacaron ferozmente. Por si fuera poco, en marzo del 79 sobrevino el accidente en la central nuclear de Three Mile Island. En realidad, Carter era un convencido de la energía atómica como respuesta a la dependencia del petróleo extranjero, pero ese evento en Pensilvania hizo que los grupos de activistas destruyeran su plan energético. Aún así, Carter fue un pionero de las energías renovables, pues colocó los primeros paneles en el techo de la Casa Blanca, mismos que Ronald Reagan quitaría más adelante (no sería el primer demócrata que abrazaba las renovables para que después llegara un republicano a despedazar toda su obra ecológica y se entregara a la energía contaminante).
Las catástrofes políticas que sufrió Jimmy Carter provinieron de un líder religioso considerado la voz de Alá, a más de 10 mil kilómetros de distancia. Como es sabido, al final de su mandato los iraníes le depararían un último insulto, pues esperaron a que Reagan jurara el cargo el 20 de enero de 1981 para liberar a los rehenes ese mismo día.
Veintisiete años atrás, la CIA, bajo la presidencia de Dwight Eisenhower, había ayudado a efectuar el golpe de estado que derrocó a Mohammad Mosaddegh, el primer ministro liberal que tuvo el Sha de Persia, y quien había nacionalizado el petróleo. Ahora, Jimmy Carter pagaba por los pecados que habían cometido sus antecesores en el cargo. El secuestro de los rehenes fue el evento en el que toda una nación se vio acorralada por el chantaje de un régimen vengativo, y la operación Eagle Claw fue el momento más crítico. La revolución islámica fue el Waterloo de un hombre que tenía ideas avanzadas pero que sucumbiría ante una ideología fanática que estaba destinada a durar décadas en el poder.
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