Presidencia y Ejército. Imposible regatearle a la presidenta Sheinbaum el reordenamiento y reactivación en curso de las funciones básicas del Estado en el aseguramiento de la soberanía interior y la seguridad de las personas. Seguro fue pieza central —detrás— de estas decisiones contrarias a la herencia de López Obrador. Detrás, sí, pero se le requiere al frente, en el reencendido del motor presidencial averiado por su antecesor con muestras constantes de injerencia en el gobierno actual. Incluso el fin de semana se vio a la Presidenta detrás y no al frente de la narrativa de la mayor historia de éxito en décadas en materia de seguridad. Le dejó, así, con su silencio, todo el protagonismo y el reparto —y la exclusión— de méritos a la fuerza desnuda del Ejército como exponente de “la fortaleza del Estado mexicano”, de la que el general secretario no guarda duda.
¿Fortaleza o cementerio? El secretario de la Defensa le impostó una frase inconvincente a una historia de éxito verosímil. Fue al informar de la caída del principal líder criminal. La atribuyó, en efecto, a “la fortaleza del Estado mexicano”. “De eso no hay duda”, remató frente a un cementerio de instituciones fundamentales y un deshuesadero de averiados propulsores político-administrativos, civiles y productivos del estado. De los cuatro motores que tendrían que impulsar el rescate de la función primordial del Estado de garantizar la vida y la seguridad, solo uno apareció encendido en el escenario bélico del sábado. Reparado de las calamidades que le cayeron con López Obrador, el Ejército salió al frente de otras dependencias federales y locales y de la renovada colaboración de las agencias estadounidenses.
Militares, marinos y gringos. El Ejército mostró ciertamente un personal militar bien entrenado y equipado, con la moral repuesta de la humillante obligación de los abrazos al crimen. Dejó en entredicho la coordinación con el robustecido aparato en materia de seguridad pública. Y lo más destacado fue lo que se pretendió minimizar e incluso ocultar: una cooperación de Estados Unidos recobrada de las lesiones infligidas el sexenio pasado. Esta cooperación apareció transferida a los militares, históricamente renuentes a cumplir funciones policiales y recelosos de compartir tareas con el extranjero en territorio nacional. Y las especulaciones van desde que el Ejército actuó por su cuenta —ocultándole la operación a la Marina, a la Secretaría de Seguridad Ciudadana e incluso a la Presidenta— a que la Marina quedó excluida tras el espectáculo de sus mandos en el huachicol fiscal, como calca de la narrativa de Trump sobre las organizaciones criminales en el comando del Estado mexicano.
Más averías. Pasada la euforia, nos invade un océano de dudas y sospechas sobre los silencios e incongruencias que cercan las versiones oficiales. Aparecen los gases letales de los otros dos motores averiados que obstaculizan el restablecimiento la potestad del Estado en materia de seguridad. Por un lado, la credibilidad perdida por la normalización de la mentira, la minimización o el sistemático ocultamiento de realidades consideradas adversas al poder. Por otro, la destrucción de instituciones capaces de dar certeza a la acción de los órganos del Estado en este campo. Sin fiscalías ni tribunales independientes el apagón del estado mexicano va dejando en la opacidad las conductas del ejército y de las agencias estadounidenses. Pero como última ratio de la supuesta fortaleza del Estado mexicano.
Académico de la UNAM

