El desenlace. No es mucho lo que se puede esperar del eventual desenlace, en las próximas horas, de las diferencias hechas públicas entre la presidenta y los partidos satélites del régimen. Tampoco del falso dilema planteado para escoger entre los vicios y privilegios representados por dos exponentes de la partidocracia, en la defensa de sus intereses, frente a una autocracia en peligroso, avanzado curso de construcción.
Al naufragio. Así puede sintetizarse el desencuentro entre el régimen y sus aliados del PT y el Verde. Por un lado, la lucha por la sobrevivencia política de los detentadores del control de un par de partidos ciertamente manipuladores del sistema y los mercados electorales: la partidocracia como hija ilegítima de la democracia. Y, por otro lado, la determinación del régimen de capturar para su grupo hegemónico el control total de todos los órganos y los poderes de decisión del Estado, a partir del dominio de las instituciones, los procesos y los resultados electorales: el enaltecimiento de la autocracia en dirección al naufragio de tres décadas de navegación hacia una democracia consolidada.
Contra la proporcionalidad. Falso el dilema, falaces sus premisas e hipócritas las motivaciones del régimen para dar fundamento a su contrarreforma político electoral. Porque no se sostiene el repudio al sistema de listas de candidatos plurinominales, bajo el cargo de que las elaboran las direcciones de los partidos (mismas direcciones que deciden también, en última instancia, las candidaturas uninominales). Porque el sistema propuesto —de voto nombre por nombre de personajes desconocidos de una lista pluri— lejos de asegurar la identificación del votante con el candidato, le da al régimen la herramienta de manipulación de los ‘acordeones’, probada en la elección judicial. Porque el sistema de mayoría relativa y primera minoría —contra la representación proporcional— multiplica los votos de un partido hegemónico con tendencia a ganar el distrito o quedar en segundo lugar. Nada de ello combate las deformaciones de la partidocracia y todo conspira contra el sistema democrático de la representación proporcional.
Mussoliniana 1. “Basta de esta historia de dividir los escaños en proporción a los votos recibidos”, exclamó Mussolini al anunciar su reforma electoral. De esa matriz proviene el discurso aparentemente democrático contra la representación proporcional y las listas plurinominales. Se pronunciaba, con lenguaje de Trump, por una “hermosa ley de mayoría” en la que, quien gane —aun por una precaria mayoría de sólo el 25 por ciento, uno de cuatro electores en favor y tres en contra— se quede con todo. Incluyendo una mayoría calificada en el Parlamento para “cruzar los límites que nadie se había atrevido a rebasar”, discurría el Duce, incluso para arribar a su meta cumplida: no más elecciones en los 20 años de su dictadura. Una pesadilla italiana para conjurar en México con empeños progresivos —y no regresivos, como el de hoy— en materia político electoral.
Mussoliniana 2. La pesadilla se vuelve más densa con la otra “hermosa” promesa de la presidenta a su pueblo: debilitar, con fines de ‘austeridad’, las instituciones electorales: acabar con su servicio profesional y controlar los procesos y los resultados de las elecciones. Si Mussolini cumplió con su ‘promesa’ de no volver a realizar elecciones, aquí vamos en camino de no volver a tener elecciones competitivas ni alternancia en los principales órganos del Estado.
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