Lejos de ser una vida de disfrute, la cúspide del crimen organizado es un régimen de castigo privado, autoimpuesto y permanente, donde el “premio” es, paradójicamente, la salida. Daniel Arizmendi lo dejó escapar con una sinceridad casi cínica cuando dijo “si me encuentran, prefiero que me maten, no quiero regresar a la cárcel”. Ahí no hablaba la conciencia. Hablaba el cálculo de quien comprende que, llegado cierto umbral, el delito ya no ofrece libertad, ofrece encierro; ya no concede goce, produce dolor.; ya no abre futuro, impone una rutina de miedo, sospecha y huida, donde lo único constante es la degradación de la vida.

Se nos repite que el gran delincuente “lo tiene todo”. Se le imagina rodeado de lujos, con mando, con disfrute, con victoria. Esa imagen funciona como propaganda y como reclutamiento. Sin embargo, en la realidad, la cima se parece menos a la abundancia y más a una existencia vigilada, rígida, asfixiante. A mayor jerarquía, menor vida. La normalidad se vuelve peligrosa, la rutina delata, la cercanía expone, la confianza se castiga. En ese nivel, la vida no se habita, se sobrelleva.

De ahí que, cuando caen, rara vez se parecen al personaje que el mito prometía. Han existido detenciones de alto perfil en las que el hallazgo ocurre en condiciones que rozan lo animal. Es ilustrativo el caso de “La Tuta”, cuyo final público contrastó con la idea del intocable. La imagen que permanece no es la del poder, sino la del escondite precario; la forma visible de la regla no escrita de que quien necesita infundir miedo no puede vivir como los demás.

Incluso el dinero se degrada. El hijo de Pablo Escobar ha relatado que, en los últimos días de fuga, llegaron a quemar enormes cantidades de billetes para calentarse. La escena condensa una paradoja brutal. El dinero, en la vida civil, compra techo, calma, rutina, futuro. En la clandestinidad extrema se vuelve papel inútil para lo esencial y termina reducido a combustible. Tenerlo todo y no poder habitar nada. Esa es la lógica final del “éxito” criminal.

A ese cuadro se añade un dato contemporáneo que no conviene convertir en morbo, pero sí en señal. En los últimos días, diversos reportes periodísticos describieron a “El Mencho” como un hombre severamente deteriorado y enfermo, con signos compatibles con un desgaste profundo y con adicciones graves. El punto no es el detalle biográfico, sino el patrón. En la cúspide del delito, el cuerpo paga una vida sostenida al límite. Hiperalerta, insomnio, paranoia, tensión continua, fuga permanente. El lujo se vuelve escenografía y la paz desaparece y lo acumulado no se disfruta, se defiende con dolor.

Es fundamental entender lo que estos ejemplos revelan cuando se miran en conjunto. La alta delincuencia crea una pena privada antes de cualquier sentencia. Un encierro propio, donde la intimidad se vuelve vulnerabilidad, el afecto se sospecha, la lealtad se compra y la traición se anticipa. En ese encierro, la muerte puede operar como salida. No redime, no absuelve, no hace justicia, pero interrumpe.

La pregunta es que, si esa vida, aun rodeada de dinero, es miserable, desconfiada y carcelaria, por qué en México la delincuencia ha escalado hasta esos niveles. La respuesta está en los incentivos: impunidad, corrupción, propaganda que recluta, instituciones que derriban personas y dejan intactas estructuras. Mientras ese sistema siga en pie, el mito seguirá encontrando compradores, aunque el precio sea vivir condenados antes de caer.

Abogado penalista. X: @JorgeNaderK

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