Hace casi medio siglo, una banda de rebeldes recorría Nicaragua. Se llamaban sandinistas en honor a Augusto Sandino, líder de la resistencia nicaragüense ejecutado en 1934 por órdenes del golpista Anastasio Somoza. Su objetivo era derrocar a la cruel y sanguinaria dictadura de la dinastía somocista. México tomó partido y asumió un papel determinante durante la revolución, no solo otorgando apoyo político a los alzados sino también dinero y armas. En un episodio más que simbólico, tras la huida del tercer Somoza en 1979, los sandinistas retornaron victoriosos a Managua en el Quetzalcóatl, un viejo Boeing 727 que formaba parte de la flota presidencial de López Portillo. El grupo era encabezado, entre otros, por un joven idealista llamado Daniel Ortega y la política exterior de México era reconocida dentro y fuera del país. Otros tiempos.
La deriva de la democracia y la situación de los derechos humanos en Nicaragua comenzó hace casi dos décadas. A las irregularidades electorales de 2011 y 2016, se han sumado el fraude de 2021, la terrible represión tras las protestas de 2017, una durísima persecución política a opositores, el despojo de la nacionalidad nicaragüense a toda una generación de intelectuales y luchadores por la democracia —incluyendo a auténticos sandinistas como Sergio Ramírez— y el pernicioso papel como poder detrás del trono y hechicera en jefe de Rosario Murillo, cónyuge y copresidenta. Para rematar, Ortega anunció hace poco más de una semana que “no habrá más elecciones en el país para evitar que sus opositores atrapen el gobierno”. Como diría el clásico, “fuera máscaras”. El autócrata logró reconstruir con precisión la dictadura de Somoza, mientras Sandino se retuerce en su tumba.
Ortega no es el primer revolucionario convertido en autócrata. La historia registra docenas de ellos porque es más regla que excepción, desde Fidel hasta Mao. Pero el caso del sátrapa nicaragüense es particularmente dramático por la cercanía a México y por la indiferencia de la comunidad internacional hacia la desgracia en Nicaragua, desde Europa hasta América Latina, pasando por EU. Todo indica que las crisis en Ucrania, Gaza, Venezuela y Cuba resultan muchos más “sexys” que el país centroamericano para la opinión pública y los políticos de Occidente que, por omisión, comparten responsabilidad del drama.
¿Y México? La Presidenta se esconde detrás de una tramposa interpretación del principio de autodeterminación mientras que el embajador en Managua traslada admiración al matrimonio de dictadores. Una vergüenza. Contrario a la mitología que se propaga desde las mañaneras, México intervino a menudo en asuntos de otros países. Protegió los derechos humanos en la Sudáfrica del apartheid y en Cuba a principios de este siglo. Apoyó la democracia en la España de Franco, el Chile de Pinochet y hasta en Venezuela y la propia Nicaragua sandinista a finales del sexenio de Peña Nieto. Así, la política exterior mexicana defendió, durante décadas, causas. Hoy, bajo Morena, sigue interviniendo pero lo hace de manera selectiva, como la justicia de los “acordeones”. Ahora el gobierno respalda, por acción u omisión, déspotas, ladrones, criminales de guerra y pederastas, lo mismo en Nicaragua que Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Perú, Venezuela y hasta en Rusia. Serán tiranos pero “son nuestros tiranos”, como sucede con nuestros narcopolíticos.
Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos. @amb_lomonaco
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