«Morir no es nada. Lo terrible es no haber vivido».

Víctor Hugo

Un 26 de febrero de 1802 nacía en Besanzón, Francia, Víctor Hugo. Fue una de las grandes voces del siglo XIX, pero también un hombre marcado por una pregunta constante: ¿qué hacemos con la muerte y con el recuerdo?, ¿y frente al río del olvido y la fuerza de la memoria? Borrar o conservar. Dejar que el tiempo lo diluya todo o decidir qué merece permanecer. Leteo representa ese impulso a dejar atrás, a cubrir con silencio lo que duele; Mnemósine, en cambio, simboliza la memoria que cuida, que guarda lo valioso y le da continuidad.

En 1843 su hija Léopoldine murió ahogada en el Sena. Tenía diecinueve años. La noticia lo quebró. Durante un tiempo apenas pudo escribir. El dolor no era una idea elevada, era una ausencia concreta, una silla vacía, una voz que ya no respondía. Ahí aparece Leteo, esa tentación de dejar que el tiempo cubra la herida para poder seguir adelante. Sin embargo, años después, en Les Contemplations, Víctor Hugo eligió otro camino. Escribió para recordar, para que el rostro de su hija no se disolviera en el silencio. En ese gesto se percibe la presencia de Mnemósine y la decisión de no permitir que el amor se pierda. En esos poemas, la memoria es una decisión diaria. Recordar significa afirmar que lo vivido tuvo valor, que el amor no fue un accidente biológico sin peso. Mnemósine en este sentido, es la voluntad de conservar lo esencial. No elimina el dolor, pero impide que el vínculo quede reducido a un episodio cerrado. Leteo ofrece alivio rápido; Mnemósine exige profundidad y fidelidad. Durante el exilio participó en sesiones espiritistas. Hugo buscaba una señal de su hija. Ese deseo revela algo profundamente humano: la resistencia a aceptar que todo termina en la materia. Frente al Leteo que todo lo borra y declara concluida la historia, él intentaba sostener la posibilidad de continuidad.

Esa misma mirada explica su rechazo a la pena de muerte. En Le Dernier Jour d’un Condamné, Hugo coloca al lector dentro de la mente de un hombre que espera la ejecución. Muestra el miedo, la angustia, la cuenta atrás. Obliga a preguntarse si alguien tiene derecho a cortar definitivamente una vida. En 1867 escribió una carta pública pidiendo clemencia para Maximilian I of Mexico. Más allá de las posturas políticas, defendía una idea básica: ninguna autoridad debería apropiarse del destino final de una persona. Quitar la vida es imponer un olvido definitivo; defenderla es apostar por la posibilidad de redención y memoria.

En el entierro de Honoré de Balzac, Hugo pronunció palabras trascendentes: “Está ahora por encima de la lucha y el odio. El mismo día entra en la tumba y en la gloria. De hoy en adelante brillará entre las estrellas de nuestra patria...La providencia sabe lo que hace cuando enfrenta al pueblo con el supremo misterio y lo hace meditar sobre la muerte, que es la gran igualdad y, al mismo tiempo, la gran libertad”.

Cuando hablamos de inmortalidad, conviene ser claros. El materialismo sostiene que el ser humano es únicamente materia organizada. Desde esta visión, la única continuidad real es genética o social: los hijos, las acciones, el recuerdo que otros guardan. El espiritismo y otras corrientes espirituales afirman que existe un principio que sobrevive, un alma que continúa más allá de la muerte física. Son posiciones distintas, pero ambas responden al mismo deseo: no desaparecer por completo.

Todo esto nos lleva a preguntas más cercanas. ¿Qué significa olvidar? ¿Es borrar por completo? El cerebro humano no funciona así. La evolución nos ha dotado de memoria porque es necesaria para sobrevivir. Recordamos peligros, rostros, experiencias que nos enseñaron algo. Olvidar también cumple una función: nos permite no quedar atrapados en cada dolor. Sin cierto grado de olvido, la vida se volvería insoportable.

Pero vivir solo de recuerdos tampoco trae felicidad. Quien se instala únicamente en el pasado corre el riesgo de perder el presente. La memoria sana no paraliza. Nos permite aprender, agradecer, corregir. La cuestión no es elegir entre recordar u olvidar, sino encontrar un equilibrio que nos permita avanzar.

En su lecho final, Víctor Hugo pronunció una expresión breve: “Aquí está la batalla del día contra la noche.” Reconocía la oscuridad del momento, pero también intuía una claridad que no dependía solo del cuerpo. Usted, amigo lector, ¿qué elige? ¿Dejar que el tiempo borre sus días sin mayor huella, o construir algo que merezca ser recordado?

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