«Sólo hay un modo de hacer dinero escribiendo: casarse con la hija de tu editor.»

George Orwell

Ediciones Era no ha anunciado, en sentido estricto, su desaparición. Después de comunicar la suspensión de actividades y el cierre de cuentas, aclaró que reducirá sus operaciones al mínimo y que su catálogo permanecerá. La distinción importa, pero no borra el duelo: cuando una editorial deja de buscar autores, conversar con libreros y poner libros nuevos en circulación, algo vivo se interrumpe.

Durante 66 años, Era ayudó a construir la conciencia cultural de México. Publicó a José Revueltas, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco; convirtió el diseño de Vicente Rojo en una forma de pensamiento y demostró que un libro podía ser belleza, memoria y disidencia. Sin Era sería más difícil comprender Tlatelolco, las izquierdas latinoamericanas o esa intimidad devastadora de Las batallas en el desierto. Por eso su repliegue no es solo una mala noticia editorial. Es el síntoma de una sociedad que venera los libros como objetos culturales, pero abandona con facilidad las condiciones materiales que permiten que existan.

La propia casa editorial reconoció que sus ventas habían caído hasta representar apenas 25 por ciento de las que tenía antes de la pandemia. Hay menos librerías, costos crecientes, márgenes estrechos y una atención disputada segundo a segundo por las pantallas. Pero cuidado con el diagnóstico fácil: los libros no están desapareciendo. Está desapareciendo el mundo que los hacía posibles. La gente sigue leyendo y los jóvenes también. Lo que cambió fue el camino hacia el libro. El descubrimiento ocurre ahora en redes, clubes, festivales, ferias y recomendaciones digitales. Antes uno entraba a una librería buscando un libro y podía salir con otro. Hoy un algoritmo participa cada vez más en ese encuentro. Y ahí comienza el verdadero problema.

Una editorial independiente no es una imprenta con departamento de ventas. Es una apuesta contra su tiempo. Publica al escritor que todavía no tiene lectores, sostiene una obra que vende poco, traduce un ensayo difícil y conserva un catálogo cuyo valor no puede medirse por las ventas del último trimestre. José Emilio Pacheco no nació siendo José Emilio Pacheco. Alguien tuvo que leerlo antes de que todos supiéramos que había que leerlo. Los algoritmos, en cambio, son extraordinarios para descubrir lo que ya queremos, pero mucho menos para ofrecernos aquello que todavía no sabemos que necesitamos. Podemos llegar así a una paradoja formidable: tener más libros disponibles que nunca y encontrarnos cada vez menos con lo inesperado. Le estamos cerrando la puerta a lo disruptivo, a lo diferente. No sería la muerte de la lectura. Sería algo más silencioso y quizá más peligroso: el empobrecimiento de aquello que llega a ser leído.

Pero la nostalgia tampoco debe convertirse en indulgencia. Era poseía un catálogo extraordinario, pero no encontró la adaptación capaz de sostenerlo. Durante demasiado tiempo pareció confiar en la gravedad de sus glorias. El prestigio heredado ya no garantiza circulación cultural. Mientras Era se replegaba, otras editoriales independientes ensayaban tirajes pequeños, venta directa, ferias, comunidades digitales y públicos específicos. No sabemos cuáles sobrevivirán. Pero están demostrando algo que conviene entender antes de organizar el funeral: el papel no está muriendo; está cambiando de manos, de ritmos y de rutas.

Existe además otro peligro: la concentración. Un catálogo puede ser memoria compartida o convertirse simplemente en un activo administrable. Y cuando eso sucede, la pregunta deja de ser qué libros necesita una sociedad y pasa a ser cuáles justifican ocupar espacio en una hoja de resultados. El mercado sabe detectar lo que vende. La cultura tiene que proteger también aquello cuyo valor todavía no sabemos medir. Por eso el repliegue de Era no debería provocar solamente nostalgia. Debería incomodarnos. Salvar el libro no significa reconstruir el mundo que desaparece. Significa conservar su rigor mientras inventamos otro capaz de descubrir lo que aún no tiene público, sostener lo que todavía no es rentable y defender el encuentro con aquello que jamás habríamos pensado buscar.

Era queda en sus libros. La pregunta es quién viene después. ¿Quién está publicando hoy al José Emilio Pacheco que todavía no sabemos que es José Emilio Pacheco? Porque los grandes escritores no aparecen cuando una sociedad los reconoce. Aparecen cuando alguien, mucho antes, se atreve a apostar por ellos.

Cargando comentarios...