«El juego es el trabajo del niño.»

María Montessori

Hace apenas quince años, una de las discusiones más relevantes en el Congreso mexicano giraba en torno a llevar internet a todas las escuelas. La conectividad representaba igualdad de oportunidades, acceso al conocimiento y la promesa de una educación más democrática. Parecía incuestionable que cada nueva pantalla acercaría a los niños al aprendizaje. Durante años creímos que el acceso universal a internet sería el gran igualador del conocimiento. Cada computadora en un salón de clases simbolizaba libertad, innovación y movilidad social. Era una batalla que respondía a su tiempo. Hoy el debate cambió de manera radical. La pregunta ya no es cómo lograr que cada niña y cada niño tenga acceso a una pantalla, sino cómo evitar que la pantalla termine ocupando el lugar del recreo, de la conversación y, poco a poco, de la propia infancia.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado abrir un debate nacional para construir una propuesta que regule el uso de plataformas digitales y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes. La decisión resulta pertinente porque busca un consenso social antes que una imposición. Los foros convocarán a especialistas, familias, docentes y autoridades para discutir un fenómeno que dejó de ser exclusivamente tecnológico y se convirtió en un asunto educativo, familiar y de salud pública. Las cifras ayudan a dimensionar el desafío. Más del 70 por ciento de la población mexicana mayor de seis años utiliza internet. Entre los adolescentes, la cifra supera el 90 por ciento. La infancia y la adolescencia de hoy son las primeras generaciones que han crecido completamente conectadas.

El fenómeno trasciende las fronteras nacionales. La Unesco señala que una de cada tres personas conectadas en el mundo es una niña, un niño o un adolescente. También informa que el 83 por ciento de madres y padres manifiesta preocupación porque sus hijos pasan demasiado tiempo frente a las pantallas. En marzo de este año, 114 sistemas educativos, equivalentes al 58 por ciento de los países monitoreados, ya habían adoptado algún tipo de regulación, desde restricciones al uso de teléfonos celulares en las escuelas hasta límites para el acceso de menores a redes sociales.

Francia acaba de dar un paso todavía más contundente. Su Parlamento aprobó prohibir las redes sociales para menores de 15 años y restringir el uso de teléfonos móviles en las escuelas secundarias. Detrás de esa decisión existe una convicción cada vez más compartida: las plataformas digitales no fueron diseñadas únicamente para informar o entretener, sino para captar y retener la atención mediante algoritmos capaces de influir en los hábitos, las emociones y el comportamiento de sus usuarios más jóvenes. Por eso el debate dejó de ser exclusivamente tecnológico. Hoy también es educativo, sanitario e incluso democrático.

En México, dieciséis estados ya cuentan con restricciones para el uso de celulares en las escuelas. La diferencia es que la propuesta federal pretende acompañar cualquier regulación con educación digital y alfabetización tecnológica, una visión que coincide con las recomendaciones internacionales. Regular, por sí solo, no basta. También es necesario aprender a convivir con una tecnología que llegó para quedarse. Tal vez por eso la iniciativa más valiosa no sea una prohibición, sino una invitación. La Secretaría de Educación Pública propone que durante una semana los recreos recuperen los juegos tradicionales mexicanos. El trompo, el yoyo, las canicas, el resorte, la cuerda y los juegos colectivos volverían a ocupar el patio escolar. La propuesta parece sencilla, pero encierra una idea poderosa: devolverle tiempo a la infancia.

El recreo suele verse como un espacio vacío entre clases, cuando en realidad es uno de los momentos más importantes de la jornada escolar. En esos minutos sin un guion escrito, cada niña y cada niño encuentra la posibilidad de jugar, imaginar, conversar y descubrir quién es frente a los demás. Allí nacen amistades, se fortalecen los vínculos y crece el sentido de pertenencia hacia la escuela. También descansa la mente. Ese respiro permite procesar lo aprendido y prepararse para nuevos retos. Educar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos. También implica formar personas capaces de convivir, resolver diferencias, compartir, crear comunidad y encontrar alegría en la presencia del otro. Hay aprendizajes que ningún libro enseña: aprender a esperar un turno, perder sin resentimiento, ganar sin humillar, reconciliarse después de una discusión o descubrir el valor de una amistad. Ninguna aplicación puede sustituir esas experiencias.

La tecnología seguirá formando parte de nuestra forma de aprender, trabajar y comunicarnos. Renunciar a ella sería un error tan grande como ignorar sus efectos. El verdadero desafío no consiste en apagar las pantallas, sino en evitar que apaguen la infancia. Porque un niño necesita conectarse al conocimiento, sí, pero antes necesita conectarse con otros niños. Necesita correr detrás de un balón, inventar mundos con un trompo, discutir las reglas de un juego, reconciliarse después de una pelea y descubrir que la amistad no se descarga: se construye. Tal vez el mayor avance tecnológico del siglo XXI no sea desarrollar algoritmos cada vez más inteligentes, sino tener la sabiduría de devolverles a nuestros hijos aquello que nunca debieron perder: el recreo.

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