Durante los últimos días han salido varias notas y columnas comentando el aparente surgimiento de nuevas tendencias en el sector manufacturero de nuestro comercio exterior. Como se sabe, la transformación del país de un exportador de materias primas todavía en los años noventa a un vendedor al mundo de bienes manufacturados -y de agricultura también- es considerado como uno de los grandes logros del llamado neoliberalismo, y en particular del TLCAN y luego del T-MEC.
Las cifras y comparaciones son de sobra conocidas. México exporta más que toda América Latina junta, y más manufacturas que la inmensa mayoría de los países del mundo, figurando entre los diez primeros exportadores de manufacturas. La joya de la corona de esta metamorfosis fue, obviamente, la industria automotriz, que pasó de ser ensambladora para un exiguo mercado interno, a la primera industria exportadora del país, a emplear directa o indirectamente más de un millón de mexicanos, y a hacer del país el quinto productor de vehículos en el mundo.
Se ha discutido mucho, y con razón, sobre los vicios y virtudes de todo el esquema, aunque ni siquiera la 4T lo cuestiona. Es cierto que un elevado porcentaje de todos los bienes vendidos es a su vez importado. Es cierto que el empleo total de la planta industrial del país ha crecido poco. Es cierto que el valor agregado mexicano es menor de lo que debiera ser. Es cierto que una elevada proporción de las ventas en el exterior -más de 80%- se dirige a Estados Unidos. Y es cierto, finalmente, que el sector exportador manufacturero no pudo, solo, arrastrar a la economía hacia mayores tasas de crecimiento. La discusión contrafactual de qué hubiera sucedido si entre 1985 y 1991 se hubieran tomado decisiones diferentes a las que efectivamente tuvieron lugar no se ha acabado de celebrar en México. Ahora que las consecuencias negativas se disciernen tan claramente como las positivas, ese debate se vuelve imprescindible.
Una de las evoluciones contradictorias que han surgido en tiempos recientes se refiere justamente a la industria automotriz. Las cifras del primer semestre muestran un enfriamiento de la producción total, pero sobre todo de las exportaciones a Estados Unidos, en particular de vehículos ligeros (menos 9% en junio 2026 versus junio 2025). Se trata, al parecer, de una tendencia estructural, vinculada a los aranceles que deben pagar los carros enviados a Estados Unidos -casi el doble que los asiáticos y europeos- pero también de la filosofía detrás de dichos aranceles.
Trump y mucha gente en Estados Unidos, desean reindustrializar su país. Es probable que nos hallemos ante un sueño imposible y hasta cierto punto indeseable, pero por lo pronto este pensamiento guía las políticas públicas en Washington. Y por lo tanto, podemos suponer que los esfuerzos por repatriar o atraer por primera vez la fabricación de automotores al sur de Estados Unidos se mantendrán por un buen tiempo. De allí que la joya de la corona de la economía mexicana de los últimos treinta años comience a desgastarse, e incluso a empañarse seriamente.
La buena noticia, nos dicen los quedabienes, es que ya encontramos el relevo: las exportaciones masivas de equipos de cómputo para saciar la extraordinaria demanda generada en Estados Unidos por las gigantescas inversiones en la inteligencia artificial. Las exportaciones de “maquinas de procesamiento de datos” pasaron de 2 mil millones de dólares mensuales hace dos años, a 14 mil millones al mes ahora. Según Macario Schettino, la venta de computadoras en el exterior ya es nuestra principal fuente de divisas.
El problema, señala Carlos Ramírez en X, radica en el elevadísimo componente importado de esas exportaciones. Esto se ve reflejado, entre otros datos, en el crecimiento descomunal de nuestras compras a Asia: de enero a mayo de este año, un incremento de 224% a Taiwan, de 74% a Vietnam, y de todas maneras, a pesar del arancel de 50%, de 4% de China. Esto explica que más del 80% de los insumos de las exportaciones a Estados Unidos en estos rubros sea importada, principalmente de los países citados de Asia.
¿Y que tiene de malo? Saltan a la vista dos preocupaciones. Estaríamos sustituyendo una industria -la automotriz- más intensiva en mano de obra, y con algunos encadenamientos hacia atrás, es decir con una mayor participación -aunque insuficiente- de insumos nacionales, por una menos intensiva en mano de obra, con un componente mucho mayor de insumos importados.
En segundo lugar, todo sugiere que dichos insumos importados provienen de tres países, pero por lo menos en el caso de Vietnam, casi seguramente de empresas chinas instaladas allí, ya sea porque efectivamente producen allí, ya sea porque solo ensamblan y reetiquetan allí. Y es posible que algunos chips producidos en Taiwan lo sean por empresas de China continental. No sería raro que nos suceda lo mismo que con otras importaciones chinas reexportadas desde México a Estados Unidos: Trump se enoja, y México se dobla. A pesar del arancel de 50%, el déficit comercial de México con China para enero-mayo del 2026 fue exactamente el mismo que en 2025: 37.8 mil millones de dólares. Aguas.
Excanciller de México
Exclusivas
Experiencias El UniversalMundial 2026: disfruta los partidos con hamburguesas, pollo frito y descuentos exclusivos de Club EL UNIVERSAL
Experiencias El UniversalAsí puedes obtener hasta 20% de descuento en Benedetti’s Pizza para disfrutar los partidos del Mundial con Club EL UNIVERSAL
Experiencias El Universal4 taquerías con promociones para disfrutar los partidos mundialistas con sabor mexicano
Experiencias El Universal





