Los lugares comunes suelen ser verdades de Perogrullo: dicen algo cierto, pero a la vez obvio, sabido, y carente de importancia. Sin embargo, en ocasiones, un lugar común puede ser falso.

Es el caso de la declaración del secretario de la Defensa en la conmemoración de la saga de los Niños Héroes hace un par de días: “El país construye su propio destino”.

El problema estriba no solo en que lo pueda creer el general Trevilla, sino que su público también llegue a pensar que ha manifestado una gran verdad.

No es desde luego el caso. Ningún país o pueblo construye su propio destino desde hace muchos años. Ni las superpotencias como Estados Unidos, la Unión Soviética o China ahora, se encuentran en semejante privilegiada posición. Mucho menos un país como México, que ha sido víctima del despojo de su destino, si le creemos a Sheinbaum en cuanto a que los verdaderos mexicanos son los pueblos originarios, desde la conquista española, siguiendo con la secesión tejana promovida por Andrew Jackson y los esclavistas de Nueva Orleans, la guerra del 1847, la intervención francesa de 1862, la ocupación de Veracruz del 1914, la expedición de Pershing del 1917, y todos los rescates financieros en los cuales nos vimos obligados a hipotecar algo, en 1976, 1982, 1987, 1994-1995. Huelga decir que México no construye su propio destino, como ningún país lo hace. El problema es que hay gente que lo crea.

Resulta difícil saber si al rector de la UNAM, Leonardo Lomelí, le fueron inculcadas estas ideas cuando era niño, en los años 70. No es imposible que sí siga suscribiendo semejantes banalidades y semiverdades. ¿A propósito de qué? De la inteligencia artificial y la educación. Veamos.

Un Comité Ad Hoc del Massachusetts Institute of Technology (MIT) lidereado por Eric Klopfer y Sam Madden, acaba de publicar un informe sobre el uso de la IA en la enseñanza, el aprendizaje y la formación en investigación. Entre muchas otras conclusiones, afirma que los exámenes en casa ya no comprueban nada, que los detectores de inteligencia artificial o trampas no son confiables, que más de la mitad de los estudiantes de esa universidad recurren a la inteligencia artificial para hacer tareas o exámenes cuando se puede, y que además el recurso a la inteligencia artificial básicamente apendeja a la gente.

Es posible que este informe de MIT no haya estado disponible para la UNAM antes de que decidiera realizar el examen de admisión vía remota. Pero por lo menos en lo que a mí me toca, las dos universidades donde he dado clases los últimos años, a saber, New York University y Sciences Po en París, me han instruido de manera muy tajante, de no encargar exámenes o trabajos en casa, ya que todos los estudiantes recurren a la IA para responder o redactar sus trabajos y que ningún detector de trampas funciona. O bien las evaluaciones se hacen en clase, vía oral, o bien se llevan a cabo en el aula con exámenes escritos a mano, sin teléfonos, sin tabletas y sin computadoras.

Puede ser que la rectoría de la UNAM haya pensado que, como México construye su propio destino, había una empresa mexicana en Monterrey que sí había producido un detector de trampas o de inteligencia artificial tan sofisticado y eficaz que, a diferencia de MIT, de NYU, de Sciences Po, y de la gran mayoría de las demás universidades en el mundo, sí podía la UNAM realizar un examen de admisión por la vía virtual, y que cualquiera que se atreviera a hacer trampa sería inmediatamente detectado. Podría ser también que el rector estuviera de acuerdo con el secretario de la Defensa.

No obstante, como vimos, las cosas no son exactamente así. La UNAM no construyó ni su propio examen, ni su propia detección de inteligencia artificial, ni su propio destino. México tampoco. Hay que dejar de decir, de expresar y de pensar tanto lugar común, sobre todo cuando son falsos.

Excanciller de México

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