Una historiadora se hizo famosa cuando anunció la caída de la Unión Soviética. No puso fecha, pero dijo por qué. Desapareció la URSS, como otros también lo habían asegurado: “todo imperio perecerá”, sin embargo, la historia no siguió el guion previsto por la famosa, a saber, la invencible rebelión de los pueblos musulmanes de Asia Central. No, todo empezó en los tres pequeños países ribereños del Báltico, Lituania, Letonia, Estonia, que no suman más de 6 millones de habitantes. Además de tener una fuerte personalidad etno-lingüística y religiosa, habían sido independientes entre 1918 y 1940 y habían resistido con una larga guerrilla a la anexión estaliniana de 1945. Manifestaron siempre una capacidad de resistencia y una energía poco comunes.

​Sobre la ribera de ese mar poco salado y sin mareas, casi cerrado, se han mezclado a lo largo de los siglos, en asombrosa cantidad, culturas y lenguas. El mundo medieval de la Hansa, esa unión comercial de hermosas ciudades porteñas muy activas en la historia europea, continuó en los siglos XVI y XVII cuando la poderosa Suecia hizo del Báltico un mar sueco. Luego la victoria de Pedro el Grande abrió el imperio ruso al mar. Lübeck, Dantzig, Königsberg (hoy Kaliningrad), Memel, Riga, Narva, San Petersburgo… cuántas maravillas. Esa vanguardia de Europa hacia el Este ha sido trastornada por las guerras y los repartos territoriales entre las grandes potencias de cada época: Caballeros Teutónicos, Polonia, Suecia, Prusia, Rusia… Ocupados, liberados, despedazados, libres entre las dos guerras mundiales, pero atrapados entre Alemania, Polonia y la URSS que, como la Rusia de Putin, quería tenerlos porque controlan la salida marítima de San Petersburgo/Leningrado/San Petersburgo.

​Su anexión (1945-1991) fue acompañada de deportación masiva de los autóctonos y llegada de colonos rusos para asegurar su posesión definitiva. A pesar de la aplanadora geopolítica, la literatura mantenía su presencia de manera fantasmagórica: en la bruma de las leyendas y de los cuentos, aparecían los Lives, Kures, Zemgales, Letones, Estonios, Lituanos, Litvaks (judíos), gente que se definía por su religión. Czeslaw Milosz, que se definió siempre como lituano-polaco, cuenta en El Valle de Issa que el campesino, preguntado por su nación, contestaba “ortodoxo”, o “católico”. Y las ciudades tenían varios nombres según quién la habitaba: Vilnius, Wilna, Vilno, rudamente peleada entre polacos y lituanos, era, antes del genocidio nazi, una ciudad también judía, “la Jerusalén del Norte”, famosa por sus sabios rabinos.

​A la hora de la perestroika, los baltos fueron los primeros en emprender la desconstrucción de la URSS al abrir el “desfile de las soberanías”, luego de las independencias. Desde 2004, los tres países son miembros de la Unión Europea y de la OTAN. Prósperos y democráticos, apoyan a Ucrania desde que, precisamente en 2004, a la hora de la “revolución naranja”, Putin empezó a preparar su agresión. Estonia es campeona de la economía numérica y su excelencia en informática explica que sea la sede de un centro internacional de defensa contra los ciberataques, el CERT: Computer Emergency Response Team of Estonia. No olviden que en 2007 un ciberataque ruso paralizó economía y sociedad, en represalia por el desplazamiento de un monumento a los combatientes soviéticos de la segunda guerra mundial.

​Si los tres países, con Finlandia, Polonia y los tres Estados escandinavos, apoyan la entrada de Ucrania a la Unión Europea, es que sienten la seriedad de la amenaza rusa que intenta usar de la presencia de rusófonos: 25 por ciento en Estonia, 30 en Letonia y 8 en Lituania. Hasta ahora, Putin no ha logrado nada, pero no deja de dar lata…

Historiador en el CIDE

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