Cuando las persecuciones romanas, durante los primeros siglos del cristianismo, el pez, formado por dos arcos de círculo, era la clave secreta que permitía a los cristianos reconocerse. Nos enseñaron que la palabra griega ichtus (pez) se podía leer como las iniciales de cinco palabras griegas: Iesos Christos Theos Uios Soter, el acrónimo de Jesucristo Hijo de Dios Salvador. A lo largo de los siglos, a los comentaristas nunca les faltó inspiración. Algunos explican que el pez se haya vuelto el símbolo de Cristo y de la fe cristiana por el hecho de que, en el cuarto día de la Creación, los seres animados que nadaban en el agua habían nacido antes que los pájaros celestiales. Intuición poética que corresponde a la historia biológica de la vida. Otros, más concretamente, subrayan que los peces son capaces de nadar contra corriente, como las palabras de Jesús. Además, como no tienen párpados, son capaces de mantenerse vigilantes todo el tiempo y ofrecen un modelo al cristiano que Pablo, después de Jesús, invita a seguir despierto siempre, puesto que el dueño, el amo puede llegar a cualquier hora: vean la parábola de las vírgenes sabias y de las que no lo son tanto. Tertuliano, comentando el bautismo de Jesús por Juan el Bautista, en el río Jordán, nos ve como pececitos que nadan en el agua alrededor del pez mayor, Jesucristo.

“Decir el nombre es empezar una historia”, dijo no recuerdo muy bien quién. Decir el nombre “Jesús” es completarlo pronto en la forma “Jesucristo” para recordar una historia que empieza con “Abraham engendró a Isaac” y desarrolla una genealogía de catorce generaciones, en el evangelio de Mateo, hasta el anuncio hecho a María por el arcángel Gabriel y no termina en la cruz del viernes santo, tampoco el domingo de Resurrección sino que nos acompaña cada día hasta el final de los finales.

A los discípulos de Francisco de Asís les decían “los del camino”, me enseñó el gran historiador de la Edad Media, Jacques Le Goff, porque “el poverello” no los quería tranquilamente sentados en un convento; sin embargo, los que hablaban en esa forma, no podían saber que así habían nombrado a los primeros cristianos, porque el Señor alguna vez pronunció “Soy el camino”. En la última cena, dijo a sus discípulos: “Para ir adonde voy, ustedes conocen el camino”. A lo cual el esceptico Tomás exclamó: “No sabemos adónde vas ¿cómo podríamos conocer el camino?”. “Soy el camino, la verdad, la vida”, responde Jesús. Los peregrinos encuentran a Jesús resucitado en el camino hacia Emmaüs. Saúl de Tarso, el perseguidor, se vuelve el cristiano Pablo después de ver a Jesús en el camino de Damasco y nos invita a no sentarse, a seguir siempre marchando en el camino.

Muerte y resurrección, todo lo que viene desde arriba es inexplicable, como la luz que tumba y deja ciego a Saúl. Pablo no explica nada, cuenta, nada más, y de manera misteriosa, cuando nos dice que sabe de un hombre que “no sé si en sueño, o en vigilia” fue transportado al séptimo cielo y le fueron desvelados unos misterios. Y él no los desvela para nosotros.

En este domingo de la Pascua de Resurrección, no me resisto a mal traducir un poema de Guillaume Apollinaire: Es el hermoso lirio que todos cultivamos/ Es la antorcha de cabellera roja que jamás el viento apaga/ Es el hijo pálido y bermejo de la dolorosa madre/ Es Dios que muere el viernes y resucita el domingo/ Es el Cristo que sube al cielo mejor que los aviadores/ Detiene el récord del mundo de altura.

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