El Ártico está muy lejos de nosotros. Argentina y Chile pueden pensar en el Antártico que no está tan alejado de sus cabos del fin del mundo, pero ¿qué significan Groenlandia y todas las islas del Árctico para nosotros? No sé bien qué, pero cuando uno ve el interés de China que también se encuentra muy lejos, se pone a reflexionar. Pekín está tan interesado que participa como observador en el Consejo Ártico. Singapur también. México que estrecha cada día más sus lazos con Canadá debe recordar que se encuentra en América del Norte, la cual casi toca con Rusia en el Gran Norte. No se trata sólo de seguridad militar a corto y mediano plazo, sino de un tema que concierne a la humanidad, un espacio que sufre un cambio radical por el deshielo que provoca el calentamiento del planeta. No solamente los países en las riberas del Ártico, también nosotros y el mundo vivimos una nueva era climática y geopolítica en la que hay que trabajar política y diplomáticamente.

Donald Trump ha descubierto el Mediterráneo en forma de Groenlandia. No hace sino repetir el intento de su país de comprarlo, en 1867, al mismo tiempo que Alaska, y del presidente Truman, al inicio de la guerra fría. No tiene por qué anexar ese territorio casi tan grande como México y sus 57 mil habitantes. Existen y funcionan los tratados que desde la Segunda Guerra Mundial lo ponen bajo control militar estadounidense. Sin embargo, quiere hacer el deal y volverá a la carga con el apoyo de su vicepresidente Vance. Paradoja: invoca la amenaza de Rusia y China en el Ártico y la niega en Europa, teatro de la guerra de agresión de su amigo Putin.

En la continuidad zarista y soviética, Putin tiene grandes pretensiones sobre el Ártico y, mientras su socio Donald amenaza a Dinamarca, él amenaza a Noruega, dueña legítima del archipiélago ártico de Svalbard de 60 mil kms2. Un tratado internacional lo puso en 1920 bajo la soberanía noruega, pero los países firmantes, entre los cuales están Rusia y China, disponen de derechos de explotación: Rusia trabaja minas de carbón desde 1930 y ha desplegado recientemente vigilancia electrónica. Eso explica la serie televisiva noruega Ocupación que, en 2015, presentó una invasión rusa. China no se deja olvidar: intentó obtener el control de puertos y aeropuertos en Groenlandia; a petición expresa de Washington, Dinamarca pudo parar el proyecto. Hasta la próxima, porque la alianza sino-rusa, resultado de la guerra contra Ucrania, se extiende al Océano Ártico para controlar las nuevas rutas marítimas polares, prometidas por el cambio climático. Por cierto, en Svalbard, China tiene a científicos desde el año 2000; recientemente plantaron banderas chinas. Oslo exigió el retiro de esos símbolos de soberanía china en un territorio noruego. Pekín se negó a hacerlo. Y los rusos pretenden cambiar el nombre de Svalbard a “Islas Pomor”.

Si EU y la OTAN pretenden invertir seriamente en la región, tienen un retraso muy grande; las bases rusas son tres veces más numerosas que las occidentales. Rusia tiene cerca de 60 rompehielos, Canadá 18, EU 5 y Dinamarca 7. Ahora que Trump ataca a Dinamarca, Europa debe convertirse en un actor geoestratégico global, capaz de pasarse de los EU. ¿Lo hará? ¿Formará un verdadero conjunto europeo, capaz de hacer frente y actuar en toda independencia? No lo ha hecho para defender Ucrania a fondo; espera secretamente que Trump se olvide de Groenlandia y ni quiere ver que Rusia y China ponen pie en Svalbard.

Historiador en el CIDE

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