Es lo que dijo Lucien Febvre, en 1919, dos meses después del final de la primera guerra mundial, en la inauguración de la Universidad de Estrasburgo; estaba pensando en sus colegas, los historiadores franceses vueltos germanófobos, los historiadores alemanes hechos galófobos, todos al servicio del lavado de cerebro de sus pueblos. Lejos de las mitologías nacionalistas, abogaba a favor del nuevo tipo de historia que, con su colega y amigo Marc Bloch, no tardarían en lanzar.

​Los colegas del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones Mexicanas (INEHRM), vuelto por decreto el primer centro público de formación ideológica, deben leer o releer Apología por la historia, el oficio del historiador, de Marc Bloch, un clásico que guarda toda su fuerza. Si no quieren hacer del Instituto una Escuela Nacional de Formación Política al servicio del gobierno. Les han dado por primera tarea detener “el ascenso de las derechas” en el mundo y, especialmente, en América Latina, si hemos de creerle a la doctora Rosario Ruiz, secretaria de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación: “Frente a los discursos de odio que buscan exacerbar el clasismo, el racismo y la división social, la historia y la memoria de nuestro pueblo deben ser una barrera moral”. El director del Instituto anunció, además de licenciaturas y maestrías, la creación de tres colecciones de libros, una de las cuales se titula “Clásicos del pensamiento mexicano de izquierda.”

​Que un partido, sea el PRI, el PAN o Morena tenga su escuela de cuadros es perfectamente normal, que una Secretaría de Estado como SECIHTI la haya creado con una agenda ideológica para los investigadores y estudiantes, es otra cosa. Por eso vale la pena recordar a Marc Bloch, hombre de izquierda, patriota, jefe regional de la Resistencia francesa en 1943-1944, fusilado por los alemanes. Gustaba citar a Spinoza: “En cuanto a las cosas humanas, no reír, no llorar, no indignarse, sino entender.” Pensaba, como Lucien Febvre, que “una Historia que sirve, es una Historia sierva”; que la institucionalización de la memoria colectiva por el Estado establece una “relación subjetiva al pasado que es el crepúsculo de la razón histórica.”

​Al final del manuscrito inacabado de Apología por la historia, tiene esa frase espléndida: “Los hechos históricos son, por esencia, hechos psicológicos. Es, pues, en otros hechos psicológicos que encuentran normalmente sus antecedentes. Las causas en historia no se postulan. Se buscan”. No era un intelectual encerrado en su torre de marfil; como soldado, historiador y resistente, fue útil a su patria, la sirvió con fidelidad hasta la muerte. Pero, por lo mismo, amó a la verdad, a la Verdad con V alta; pensaba que perseguir a la verdad, nos predispone a defenderla y a servirla en la vida, que la historia y el historiador deben estar al servicio de lo que es verdadero, de lo que es justo, de la libertad y de la fraternidad de los hombres. Decía (mi padre fue su alumno) que “la facultad para captar lo vivo es la cualidad maestra del historiador…¿Cómo desarrollarla, sino por un perpetuo contacto con el presente?”

Para los mexicanos hemipléjicos, los que aceptan solamente la mitad de su historia, la que les conviene ideológicamente, Marc Bloch dice: “Hay dos categorías de franceses que no entenderán nunca la historia de Francia: los que se niegan a vibrar al recuerdo del sacro del rey en Reims; los que leen sin emoción el relato de la fiesta de la Federación (1790, o sea la Revolución antes del Terror, nota de J.M.). Su impermeabilidad a los hermosos brotes de entusiasmo colectivo basta para condenarlos”. A buen entendedor, pocas palabras. Un dicho ucraniano reza así: “Para saber dónde te encuentras, has de saber a dónde vas, pero de nada sirve si no recuerdas de dónde vienes”.

Historiador en el CIDE

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