Joven poeta ucraniana, Viktoria Amelina murió en Kramatorsk el 27 de junio de 2023 en compañía de otras doce víctimas, cuando un misil ruso cayó sobre la pizzería en la que se encontraban. Con ella estaba el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, que lo cuenta en Ahora y en la hora (Alfaguara, 2025). Viktoria trabajaba para la organización Truth Hounds que documenta los demasiado numerosos crímenes de guerra rusos. Recogía testimonios, principalmente de mujeres, porque son las personas que ella encuentra en los territorios liberados. Los hombres han desaparecido. Testimonio es el título del poema que escribe después de unas entrevistas.

En ese extraño lugar, solo las mujeres testimonian.

Una me habla del niño desaparecido,

Dos hablan de los torturados en la cava,

Tres dicen que no oyeron hablar de violaciones

Y voltean la mirada,

Cuatro evocan los gritos,

Cinco hablan de los abatidos en los patios,

Seis dicen algo, pero no se entiende nada,

Siete siguen contando en voz alta las reservas de comida,

Ocho afirman que yo miento y que no hay justicia,

Nueve hablan entre ellas camino al panteón…

Valeria Subotina, joven poeta también, vivió el sitio de Mariúpol en la primavera de 2022. En ese momento se casó con Andrii Subotin; él murió dos días después, ella pasó once meses en un campo de prisioneros hasta ser canjeada. En su libro, Cautiverio, cuenta los horrores del campo, hace la crónica del infierno, de los interrogatorios, de las torturas, de los abusos.

Yaryna Chornohuz, poeta de 28 años, soldada desde 2018, capta las realidades de la guerra sin descripciones de batallas: De quedar en vida/ intentaré por primera vez/ plantar algo en un campo/ aún no minado/ plantar con mis manos de citadina/ que no había visto/ lo que esconde el asfalto/ hasta que llegó la guerra.

Los hombres también escriben poemas. Artur Dron, en eco a la canción “Cae la lluvia, los niños crecen” cantada por el Papa en Lviv, en 2001, escribe en 2024: San Juan Pablo II/ Crecí bajo tal lluvia/ Pero ahora vivimos un invierno tal/ Y todo demanda tal precio/Que sólo la nieve y los soldados caen/ Los soldados caen, los niños crecen/ Los soldados caen, los niños crecen.

El joven poeta ucraniano, en su trinchera, bajo el bombardeo de la artillería rusa, al lado de los cuerpos caídos, no deja de pensar: La literatura no matará a nadie/ No puedes protegerte de una bala con un poema/ Los libros no los salvarán de los morteros,/ La escritura no encontrará a los desaparecidos,/ entonces eso no tiene mucho sentido ahora./Pero en los últimos días tenemos viento y calor/ El hedor del cadáver sube/de la barranca hacia el blindaje/Utilizamos purificadores de aire/ pero al tercer día se acabaron./ Leía las obras selectas de Stuts/ Y después de cada poema/ Olfateé el libro.

Vasyl Stuts, poeta ucraniano, valiente disidente que pasó muchos años en el Gulag y en el Gulag soviético, murió en 1985. Le deseo larga vida a Artur Dron. Voluntario a los 22 años, sirvió dos años en la 125ª Brigada, hasta caer gravemente herido el 31 de octubre de 2024, con dos amigos muertos a su lado. En la “Estación de Ucrania en Francia” que aún no termina, presentó su libro de poesía Nous étions là (We were here) porque si “la lengua no puede protegernos, puede hacer muchas cosas”, frente al abismo que pretende devorar la juventud y la esperanza de su país. ¡Slava Ukraini!

Historiador en el CIDE

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