¡Ojalá y el Congreso de los EU despierte y pare al incalificable Donald Trump! Nadie llora la caída de un dictador que robó las elecciones en Venezuela, pero nadie acepta la descarada violación del derecho internacional dictada por el hombre que presume de su excelencia para lograr jugosos deals, el hombre que ve en la guerra de agresión rusa contra Ucrania la posibilidad de hacer grandes negocios, que, en un deal con otro bandido, Netanyahu, quiere hacer de la Franja de Gaza una “Riviera”, y ahora extorsiona al régimen venezolano en un nuevo deal. Envalentonado, anuncia que Groenlandia debe ser suya, para mayor gusto de Putin, por la grave crisis artificial que crea en las relaciones con Dinamarca y Europa. Imperialismo puro, crudo, desnudo. Para colmo, advirtió que, un día de estos, tendrá que “ocuparse de México”.
Hace poco, lamentaba yo que, según un sondeo, 67 por ciento de nuestros periodistas practican la autocensura. Mi interlocutor me reclamó: “Mejor cállate, tú te autocensuras y no escribes nunca sobre México”. Tenía razón. Si bien he escrito de vez en cuando, procuraba evitar temas políticos. Lo he pensado y resulta que me justificaba así: soy un “criollo nuevo”, como diría don Andrés Molina Enríquez; a pesar de tener 60 años en México, con esposa, hijos y nietos mexicanos. Eso te vuelve tímido, no por miedo, sino porque sabes que te pueden descalificar como “gabacho”. Además, hay muchos y excelentes analistas nacionales y mi fuerte son los asuntos internacionales y la historia. Sin embargo, tomo el reproche en serio y el tiempo impone, a veces, entrar en la refriega. Los historiadores somos generalmente malos profetas. Nuestro asunto es más bien el diagnóstico de lo que ha pasado. Ni modo.
Hace poco atiné cuando dije que a Maduro le podía tocar la suerte de Noriega (1997) a manos del Comando Delta, pero era una profecía a muy corto plazo. Una vez más se confirma que el acontecimiento creado por unos pocos, Donald Trump, Vladímir Putin, lo sufrimos todos. Trump secuestra a Maduro y el mundo tiembla, empezando por nosotros. Un nuevo fascismo ha llegado a Washington y empieza a matar a sus ciudadanos. Debemos tomar en serio la novedad y nuestro gobierno tendrá que tejer muy fino, como supo hacerlo en el pasado, por ejemplo, en tiempos de Adolfo López Mateos, a propósito del enfrentamiento entre los EU y la Cuba de Fidel Castro. En aquel entonces se habló de “pragmatismo principista”. Resumo muy brevemente: el expresidente Lázaro Cárdenas apoyó desde el primer día a la revolución cubana; en marzo de 1961, cuando subía la tensión con Washington, convocó en México una “Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz”. En abril, cuando los EU fracasaron en el desembarque de Playa Girón, don Lázaro juntó a 80 mil personas en el Zócalo para solidarizarse con Cuba.
Entonces el presidente López Mateos empezó a tejer muy fino. Por un lado, después de que Fidel se proclamó comunista, hubo tres reuniones de la OEA en 1962-1964. En la primera, sobre excluir a Cuba de la OEA, México se abstuvo; en la segunda votó con todos para el retiro de los misiles de Cuba; en la tercera votó contra la ruptura de relaciones con La Habana. O sea, un apoyo moderado, de principio, a Cuba. Por el otro, limitó el activismo de don Lázaro a favor de Castro y lo presionó para que no fuera a la isla. Así quedó bien con todos. En la coyuntura presente, podemos, con un granito de sal, comparar nuestra presidenta a López Mateos, y nuestro expresidente, don Andrés Manuel a Lázaro Cárdenas (lo que le daría mucho gusto). Pero, así como don Lázaro le provocó dolores de cabeza al presidente, López Obrador puede generar tensiones en la 4T y más tensiones con un Donald Trump deseoso de “ocuparse de México”. Nuestro coqueteo con las dictaduras, desde Cuba hasta Irán, pasando por Nicaragua y Rusia, no facilita recurrir al pragmatismo de antaño. Sin embargo, la política exterior es de la exclusiva competencia de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Historiador en el CIDE

