El año pasado vimos los portavoces de dos ideologías, el putinismo y el trumpismo, jugar en concierto. Putin y Trump hablan horas por teléfono, se molestan, se invitan y se separan encantados, se alejan de nuevo, prometen sanciones y represalias, se calman y le echan toda la culpa al presidente ucraniano. Su “plan de paz” es un circo cínico para engañar al mundo.
El filósofo ruso Serguei Medvedev ve en el año 2025 el fin del orden internacional que engendró la victoria aliada contra Alemania y Japón. Amargo, observa que el fenómeno Donald Trump es “objetivo y legítimo”, que Vladímir Putin es respetado y que los dos, reunidos en una extraña simbiosis, cambian el curso de la historia. Ciertamente, 80 años después de 1945 vino el año de Trump. Putin ya tenía un cuarto de siglo en el trono y esperaba con gusto el segundo mandato presidencial del incalificable Narciso, nieto de un inmigrado alemán llamado Drumpf y enemigo mortal de los inmigrados.
Pensamos en 1991, no como Francis Fukuyama que creía en el fin de la historia porque el tren había llegado a la estación “Democracia”, pensamos que el final de la URSS cerraba la guerra fría, el enfrentamiento permanente y contenido entre las dos superpotencias. Hoy no queda nada del sueño de paz perpetua, porque los “superhombres” (eso se creen) que rigen las potencias rusa y americana se han puesto de acuerdo contra Europa y todo lo que representa como valores positivos, una Europa que se encuentra defendida por los ucranianos. History as usual, diría Winston Churchill, y, por definición, la historia es sorprendente e imprevisible. Racionalmente, nos decían, era imposible que Putin invadiera a Ucrania. Lo hará, decían los servicios secretos americanos e ingleses, pero, como no era “racional”, los dirigentes europeos, no les hicieron caso. El presidente ucraniano, tampoco. Abrió los ojos unas horas antes y para Ucrania el año 2022 es un parteaguas en su historia. El resto del mundo consideró que se trataba de una guerra regional, como tantas otras.
Luego Donald Trump se sentó en la Casa Blanca y dio un giro radical a la política exterior de los Estados Unidos, a un grado que nadie hubiera imaginado. Se esperaba con temor sus decisiones, pero tanto así, no. Nadie. Trump, más que Putin, sin embargo con la colaboración de Putin, puso fin a una época. “No lo puedo creer” ¿cuántas veces escuché ese comentario? Yo mismo iba de asombro en asombro. Putin, en Múnich, febrero 2007, no me sorprendió con su declaración de guerra al “Occidente global”. El discurso de J.D. Vance, en Múnich, febrero 2025, sorprendió cuando anunció el cambio global: Trump declaraba la guerra a Europa, humillaba a Volodymyr Zelensky, suspendía la entrega de armas a Ucrania, se abrazaba con Putin. ¿Era posible? Pues, sí.
¡Adiós, mitos americanos! Mito de la nación generosa que recibe a los pobres y a los perseguidos del mundo entero, adiós al mito del melting pot, del crisol en el cual se elabora la raza cósmica, adiós al pilar de la democracia, modelo, benefactor, policía del mundo. Deal, es la palabra clave del Rey Donald, el rey de los negocios fraudulentos que se hizo y se sigue haciendo rico, más que rico, brincando de quiebra en bancarrota.
S. Medvedev apunta: “Sea cual sea nuestra opinión de Trump y de Putin, son figuras que nacieron de la cultura nacional y que subieron legalmente a la cabeza de superpotencias para cambiar el curso de la historia”.
Historiador en el CIDE

